El Risco de la Nava - Nº 241
Fecha Miércoles, 27 octubre a las 20:19:21
Tema El Risco de la Nava


GACETA SEMANAL DE LA HERMANDAD DEL VALLE DE LOS CAÍDOS
Nº 241 – 26 de octubre de 2004

SUMARIO

  1. Golpes de Estado, por Aquilino Duque
  2. Mortadela con aceitunas, por Miguel Ángel Loma
  3. Ni un canalla más, por Antonio Cabrera
  4. La infabilidad es nuestra, por Antonio de Oarso
  5. Chorizos a la dinamita para el terrorismo sin rostro, por José Javaloyes
  6. Reconciliación, por Enrique de Aguinaga


GOLPES DE ESTADO
Por Aquilino Duque

Yo daría por bien empleadas las calamidades que se abatieron sobre la derecha vergonzante a partir de los o las Idus de marzo de 2004, si no fuera porque esas calamidades tuvieran por víctima a España. La derrota de un partido político es una fruslería al lado del envilecimiento de una sociedad y del descuartizamiento de una nación. Cómo será de nefasto para España el sistema que padece que no tiene quien la defienda más que la derecha vergonzante. La derecha vergonzante trata de hacerse aceptar renegando de creencias bastante extendidas entre la gente que no tiene más remedio que darle su voto. Una de las cosas en las que cree ese electorado es en la Providencia que es la que –Salut, Joseph De Maistre!– le ha dado ese castigo.

Esa Providencia no debe de ver con buenos ojos la desenvoltura con que la derecha vergonzante rivaliza con la Antiespaña en salsa rosa en el democrático ritual de alancear el cadáver del pasado. Mientras la Antiespaña, invocando una «memoria histórica» que es una memoria senil, reivindica aquello de lo que tiene a orgullo proceder, la derecha vergonzante trata de demostrar que no tiene nada que ver con aquello de lo que procede. Por eso es por lo que no se atrevió a denunciar el quebrantamiento de la ley electoral el 13 de marzo y por lo que no es capaz de atajar el desguace de España a manos de los que entonces, temiendo esa denuncia legítima, levantaron el espantajo del «golpe de Estado».
 

MORTADELA CON ACEITUNAS
Por Miguel Ángel Loma

Entre los documentos incautados a los gerifaltes etarras recientemente detenidos aparecía una lista con el nombre de empresas y empresarios que contribuían voluntariamente a la financiación de la banda criminal. Con independencia de la responsabilidad penal que estas financiaciones originen, una vez que dicha lista fuera debidamente investigada y se comprobase la veracidad de los pagos, confío en que no se nos escamotee la identidad de estos «contribuyentes», y el dato no pase al archivo del olvido, como tantas otras cosas en materia de terrorismo. De este modo podríamos conocer el nombre de quienes han estado financiando las balas asesinas, y podría combatirse la generalizada e injusta sospecha que suele recaer sobre cualquier empresa vasca, por el simple hecho de serlo. Una sospecha que vuelve ahora a plantearse, tras la acusación del etarra Beotegui sobre el pago del impuesto revolucionario de afamados restauradores vascos, citados a declarar por un juez de la Audiencia Nacional como imputados en una posible conducta delictiva. Aunque es obvio que no es igual quien paga voluntariamente que quien paga impelido por la amenaza y el chantaje, y que la responsabilidad de éstos quedaría muy condicionada a la intensidad y gravedad de la amenaza, suele quedar en la opinión pública una velada acusación de culpabilidad sobre el pagano, y más cuando al pagano no se le han conocido palabras, obras u omisiones que signifiquen una clara oposición contra los criminales etarras. En fin, cada cual actuará según su estómago (y no menos su bolsillo, ya que pocos españolitos pueden permitirse los servicios de estos grandes cocineros), y habrá quien, aun conociendo el triste destino de parte de la cuenta que abonan por tan exquisita gastronomía, disculpen tales contribuciones sin hacerle ascos al menú y sin necesitar un poco de bicarbonato para digerirlo; y otros que preferiremos un bocadillo de mortadela con aceitunas, libre de cualquier sospecha de contribución con las arcas de los asesinos.

En otro orden de cosas, pero relacionado con las generalizaciones de injustas consecuencias, sería también muy deseable que se pudiera modificar el apartado de la declaración de la renta para el mantenimiento de la Iglesia, y en vez de encontrarnos con una casilla única como hasta ahora, ésta pudiese aparecer dividida por comunidades autónomas, de manera que los ciudadanos que libremente optamos por poner la cruz pudiéramos destinar nuestro dinero a una, dos, varias o todas las comunidades. Este sería un buen método para recuperar a una parte de contribuyentes (no necesariamente católicos) que hastiados de ciertas políticas eclesiásticas han ido dejando de poner la cruz en su declaración, cosa que castiga no sólo a la Iglesia, sino también a mucha gente necesitada que se beneficia de sus labores asistenciales. Sé que esta propuesta es algo mezquina y hasta podría interpretarse como contraria a la unidad e universalidad de la Iglesia, pero iría muy acorde con el más que mezquino catolicismo de altos responsables (y gran parte de la clerecía) de algunas diócesis españolas; un catolicismo tan singularmente «universal» como para justificar a los terroristas nacidos en su tierra, o para rechazar que les nombren obispos nacidos fuera de su selecta geografía. Si somos tan impuros para ellos, que al menos nos dejen la posibilidad de ayudarles en la integridad de su pureza, evitando la contaminación que les producen nuestros sucios dineros. Claro que, a lo peor, esta medida serviría para que esas diócesis donde impera tan peculiar catolicismo gozasen de más ingresos que las demás, pero también en ese caso me sigue sirviendo el ejemplo del bocata de mortadela.
 

NI UN CANALLA MÁS
Por Antonio Cabrera

Hay frases lapidarias que, atrapadas en el tiempo, sobreviven inalterables como testigos de toda una época y del ingenio de sus autores. Santiago Amón, el gran crítico de arte, el poeta, el autor -desconocido para muchos-, del escudo y la bandera de la Comunidad de Madrid nos dejó una frase rotunda, poco antes de su prematura muerte en un estúpido accidente de helicóptero. Dijo Amón: «en España, a estas alturas, ya no cabe ni un solo idiota más». Quince años después, las cosas han evolucionado de tal forma que su frase se ha quedado corta. A la vista de los hechos, habría que modificarla y decir que en España ya no cabe ni un solo canalla más.

Bono ha vuelto por sus fueros. En su última comparecencia ante el Congreso de los Diputados para informar sobre el trágico accidente del Yakovlev-42 que segó la vida de 62 militares españoles, ha hecho gala de su más depurado estilo demagógico-florido para criminalizar al Estado Mayor de la Defensa, a su antecesor, Federico Trillo, y por elevación al Gobierno del PP. Cómo habrá dramatizado Bono su papel de justiciero que hasta Rajoy, tan moderado y partidario del buen rollito parlamentario, por una vez ha sido capaz de llamarle ruin.

La cosa no es para menos. La tragedia del Yak-42 fue un fatal y desgraciado accidente, no un crimen alevoso. Según los resultados de la investigación, el accidente se debió al error humano de unos pilotos que confundieron una carretera con la pista de aterrizaje, según recoge la caja negra del aparato siniestrado. Una cosa es exigir las responsabilidades que correspondan ante la mala gestión de una tragedia, con información deficiente, escasa atención a los familiares de las víctimas y múltiples errores en la identificación de los cadáveres y otra muy distinta la canallada de sugerir que el accidente del Yak-42 se produjo por querer ahorrar 6.000 euros. Otro silogismo perverso de Bono, como fue atribuir a José María Aznar la responsabilidad de la masacre del 11-M por ordenar el envío de tropas a la posguerra de Irak.

La instrumentalización de la tragedia y del inmenso dolor de los familiares, utilizados como demagógica munición contra el Gobierno de Aznar con el pretexto de aflorar toda la verdad de lo ocurrido en Trabzon -lo mismo que hizo Rubalcaba la víspera del 14-M- queda de manifiesto por el indecente empeño de Bono en cargar la responsabilidad sobre la cadena de mando militar cuando, en último extremo, la responsabilidad es política, y no exclusivamente del ministerio de Defensa. ¿Quién es el responsable? se preguntó Bono en su comparecencia. Y se respondió mayestático: el Estado Mayor de la Defensa.

Esta arriesgada afirmación forma parte de la inefable verborrea de Bono, siempre en busca del aplauso fácil. Olvida que el general Gómez Arruche, a quién él nombró director general de la Guardia Civil, era entonces responsable del Mando Aéreo de Levante y encargado de los vuelos de sostenimiento a Afganistán y de tramitar las quejas del servicio de transporte de tropas. El malestar en círculos militares es patente. Sin embargo Bono ha caído en una grave contradicción al tratar de responsabilizar a la cúpula militar cuando, por otro lado, afirma en el Congreso que «España debería haber inspeccionado el avión», tratando con eso de esquivar la responsabilidad en la catástrofe de las autoridades aeronáuticas del ministerio de Fomento, representadas por la Dirección General de Aviación Civil (DGAC), a quien corresponde en exclusiva la inspección de las aeronaves y el control y la regulación de los vuelos civiles en España.

Como indican fuentes del Colegio de Ingenieros Aeronáuticos, España participa en el programa SAFA (Safety Assesment of Foreign Aircraft) -Asesoría de Seguridad a Aeronaves Extranjeras- establecido por la Conferencia Europea de Aviación Civil (CEAC) por el que las autoridades aeronáuticas de los Estados miembros (entre los que se encuentran España y Ucrania) inspeccionan las aeronaves de otros países cuando, como es el caso, aterrizan en suelo español. Sin embargo, las aeronaves de la compañía propietaria del avión, UM Air, al parecer nunca han sido inspeccionadas por la DGAC, lo que viene a demostrar la dejación de funciones que en esta materia ha incurrido la Subdirección General de Control del Transporte Aéreo. Pese a ello, todos los jerifaltes de Aviación Civil continúan en sus puestos.

En último término, es de un enorme cinismo culpar de tacañería criminal a la cadena de mando cuando a la vez se recortan los presupuestos de Defensa hasta límites tercermundistas, las Unidades no pueden operar por falta de efectivos y medios, y los gastos en Defensa se contemplan como superfluos en una sociedad que ignora el significado de Seguridad y Defensa Nacional. Más allá de la razonable potestad de un ministro para destituir a un cargo de confianza -sea civil o militar-, es vergonzoso que goce de plena impunidad para someter a juicios sumarísimos a los ciudadanos de uniforme, condenarles a la reserva, truncar de raíz su futuro profesional y ocasionarles graves perjuicios personales, morales y económicos -a ellos y a sus familias-, sin ninguna garantía legal.
 

LA INFALIBILIDAD ES NUESTRA
Por Antonio de Oarso

Desde las páginas de El País, tres ancianos sonrientes miran a la cámara, es decir, nos miran. Son Casiano Floristán, Enrique Miret Magdalena y José María Díez-Alegría. Se han reunido, junto con otros más, con motivo del 24º Congreso de la Asociación de Teólogos Juan XXIII. Y nos hacen declaraciones sobre los vientos de fractura que observan en la Iglesia. Naturalmente, la culpa es del inmovilismo de la jerarquía, a la que tachan de integrista por su condena de principios y valores arraigados en la sociedad en estas décadas (liberación de la mujer, nuevas formas de sexualidad, legalización del divorcio, despenalización del aborto, repudio de investigaciones científicas incluso con fines terapéuticos). «La Iglesia católica ha sido claramente de derechas, ha estado abiertamente con la política del PP (¿?)» declara José María Castillo, otro teólogo veterano

Es decir, siguen siendo los de siempre. No han cambiado ni un ápice. Su rebeldía sigue percutiendo monótonamente como el agua que gotea sobre la roca. Sólo que en este caso la roca ya ha sido horadada y, sin embargo, el goteo de palabras sigue siendo el mismo. Una sensación depresiva acaba invadiéndonos al escrutar estas faces sonrientes de hombres que son incapaces de cambiar sus esquemas por creer absolutamente en su infalibilidad.

Los hombres razonables pueden tener firmes convicciones, pero si éstas conducen a resultados dañinos, se paran a pensar y es probable que acaben corrigiendo sus ideas. Los fanáticos no obran así, porque sus convicciones son de carácter ciego, no razonable. Y si tienen la edad avanzada de los citados teólogos, todavía es peor porque las ideas se petrifican con la edad.

Tuvieron un papel importante en la revolución interna de la Iglesia institucional, paralela a la revolución secular de los laicos, durante los años sesenta. Forman parte de la corriente liberal-progresista mayoritaria que surgió del Concilio Vaticano II, con grandes figuras como Karl Rahner, Hans Küng, E. Schillebeeckx y otros. Cooperaron desde su propia esfera, desde su particular nivel, en el desmontaje de la dogmática y la moral católicas tradicionales, y no se puede negar que tuvieron un gran éxito. Por eso resulta algún tanto desalentador y desconcertante que, después de la devastación causada, se presenten como víctimas del poder jerárquico, reaccionario e inmovilista. No soportan ni siquiera la modesta reacción, sin duda previsible, de la alta jerarquía en los últimos tiempos, pareciendo como si toda la Iglesia debiera someterse a su criterio. Siguen igual que en la época dorada, encantados de su papel de rebeldes, en perenne lucha contra el oscuro poder de Roma.

En aquellos años de júbilos que ahora nos resultan ingenuos, ya los exégetas bíblicos católicos, influidos por la exégesis protestante, había comenzado a socavar los cimientos de la religión. Los evangelistas ya no eran Mateo, Lucas, Marcos y Juan, sino posiblemente algunos discípulos suyos. Más adelante, y siguiendo el método histórico-crítico, se concluyó que estos autores habían puesto en labios de Jesús palabras que no había dicho, pero que eran convenientes para la catequesis de las comunidades a que iban destinados los evangelios. Se abrió, pues, el portillo para negar categoría histórica a gran parte de las palabras de Cristo, cuando no a la mayor parte. Naturalmente, se negó la veracidad de los milagros, o bien se los equiparó a otros hechos prodigiosos que al parecer realizaban también «otros profetas». Rahner avanzó su idea, que tuvo gran éxito, de que la virginidad de María no había sido física, sino espiritual, consistiendo en su disponibilidad a cumplir la voluntad del Señor. Schillebeeckx negó la resurrección física de Jesús, estimando que los relatos evangélicos al respecto eran simbólicos. Küng atacó el dogma de la infalibilidad del Papa con gran éxito también. La divinidad de Jesucristo fue entendida como que Dios «estaba en él», o como que «era una señal de Dios», no como que era el mismo Dios. Y así hasta no dejar títere con cabeza. Por supuesto, las demás religiones fueron consideradas como caminos válidos para salvarse (no se sabe realmente de qué, pues tanto Satanás como el infierno no fueron considerados reales).

Puesto que esta corriente fue mayoritaria en el catolicismo, hoy en día no se encuentran predicadores que se refieran a las verdades, a los dogmas tradicionales. En estos momentos, si dejamos aparte la minoría jerárquica que ha reaccionado como queda dicho, la Iglesia institucional católica se presenta como una gigantesca oenegé que profesa una filosofía humanitarista con fundamento en un rabí llamado Jesús, que era un enviado de Dios o una señal de Dios.

Las consecuencias de esta transformación doctrinal se presentaron desde los inicios. El pueblo percibió instantáneamente que aquello que había sido considerado como monolítico e inamovible durante muchos siglos, era algo dudoso que estaba sujeto a críticas y que se venía abajo. Perdió la fe y abandonó la frecuentación de la iglesia. Los seminarios se vaciaron y muchos sacerdotes y religiosos dejaron sus hábitos. Y la vocación misionera descendió fatalmente, pues no existían motivos reales para evangelizar a nadie, puesto que todos podían salvarse igualmente sin ser convertidos.

A la vista de este enorme logro del pensamiento progresista dentro de la Iglesia, uno se pregunta, ante la contumacia de los Miret Magdalena, Floristán, Castillo, Tamayo y demás, qué es lo que en el fondo les mueve. Se puede aventurar la hipótesis de que, asustados de las consecuencias antedichas e incapaces de admitir responsabilidad alguna, se refugian en sus teorías de siempre, no varían sus esquemas mentales y trasladan la culpabilidad de lo acaecido a la jerarquía por no «abrirse al mundo» debidamente. Esta es una hipótesis caritativa, pues otra podría ser que las consecuencias les han satisfecho, pero no lo suficiente, ya que su apetito no será saciado hasta que no desaparezca la autoridad romana.
 

CHORIZOS A LA DINAMITA PARA EL TERRORISMO SIN ROSTRO
Por José Javaloyes

La Razón

Las piezas no encajan en el discurso oficial. Lo dicho va por un sitio y los hechos, en su tozudez, por otros. Imposible que desde la ortodoxia establecida pudiera concebirse lo que acaba de pasar. No encaja con ella la detención de los componentes de otra célula islamista. Queda fuera de guión el plan de esa punta de chorizos magrebíes: atentar contra la Audiencia Nacional, el Tribunal Supremo..., o cualquier otro objetivo sensible, por el número de víctimas o por su significación simbólica.

Desde esa óptica que oficialmente se quiere olvidar, el 11-M fue consecuencia del compromiso español con la guerra de Iraq. Pero desmantelado ese compromiso y traídas a España las tropas que se habían enviado hasta allí, resulta que el islamismo radical insiste –por sí mismo o inducido– en repetir actuaciones terroristas a gran escala en Madrid.

Se insiste en el propósito criminal y se reitera la recluta del mismo género de delincuentes musulmanes: gentes norteafricanas establecidas en el desempeño de una criminalidad de menudeo dentro de la delincuencia común. Sabido el plan que se traían entre manos, adquiere vigencia nueva la vieja y desautorizada pregunta de si hubo un «director» del 11-M. Un estratega y un impulso puntualmente últimos: exteriores al perímetro organizativo de la célula dinamitada en Leganés.

Sabido que la organización de Al Qaeda es horizontal, estructurada en red y no jerarquizada –como un entramado de franquicias, reguladas por una marca y una cultura empresarial comunes–, la respuesta requiere de muchos matices. Es improbable una concreta directriz emanada del núcleo fundacional. Y si ello es improbable más lo es aún, prácticamente imposible, que aquella desestructurada tropa de delincuentes comunes fuera capaz de elaborar de forma autónoma una previsión precisa del impacto –tan profundo y tan extenso– que por razón de oportunidad tendrían los atentados de Atocha.

Entonces, si la orden no llegó directa y precisamente de los entornos paquistaníes de Tora Bora, donde se presume que está refugiado Ben Laden, y si la primera banda de moros era incapaz de concebir la magnitud de los resultados habidos, y de medir los tiempos precisos para lograrlos, ¿de dónde partió el impulso y dónde estaba el análisis que le precedió?

Las limitaciones conceptuales, estratégicas y operativas del grupo volatilizado en Leganés eran tan patentes, lo hacían tan poco fiable para sus armadores, que éstos hubieron de doblar, por fuerza, el dispositivo logístico para el 11-M con otra remesa de muerte: aquel furgón cargado con media tonelada de explosivos, que desde Francia partió hacia Madrid la misma fecha que la dinamita asturiana finalmente utilizada. Tiempo y destino de las remesas fueron idénticos, porque un dispositivo aseguraba el otro. Consistía en una planificación redundante al servicio de un mismo propósito. Atentaron los moros, pero ETA quiso llegar a Madrid en la misma fecha y con idéntico empeño de atentar en el corredor del Henares, como se probó en el croquis que llevaban los terroristas detenidos en Cañamares.

Hubo una ejecución del plan terrorista aunque pudo haber otra, complementaria o alternativa de la perpetrada. Fueron los islamistas, pero pudieron haber sido los etarras si su cooperación logística, de rematarse con la llegada a Madrid de sus explosivos, no se hubiera limitado a transportar el material. Cabía también, por tanto, la posibilidad de que los terroristas salidos del nacionalismo vasco hubieran reiterado, el 11-M, sus previos y frustrados intentos de operar contra los enlaces ferroviarios de la capital de España.

Sabido es que se considera políticamente incorrecto hablar de «conspiración» a estas alturas. No importa. Resulta estúpido admitir que una trabada estructura de supuestas casualidades, deba descartar y deslegitimar toda idea de lo contrario: de que las casualidades no fueran tales sino concomitancias más que preñadas de presunción de causalidad. Evidencias como puños.

Considerados otros factores concurrentes en el 11-M, es forzoso reparar, a la vista de la célula islámica ahora desarticulada, en que hubo dos géneros de explosivos en los atentados: las bombas que estallaron en los trenes y los hombres-bomba habidos después, en Leganés, para borrar todo rastro de meta-autoría, cualquier cable indiciario que condujera a los inductores o a los colaboradores necesarios. A este género de delincuentes suicidas corresponden los enrolados por Mohamed Achraf, dispuestos también a inmolarse, aunque en primera instancia, con el camión cargado de dinamita, sin tener que esperar a otro Leganés en que se perdiera su rastro.

Se ha repetido, por tanto, el recurso al mismo material. El Achraf falsificador de moneda había reclutado también chorizos a la dinamita, hombres-bomba. Idéntico y demenciado material humano que el del 11-M. O sea, instrumental terrorista de la más cumplida utilidad, siempre que se le sepa aplicar el fulminante de la adecuada motivación. Se les utiliza primero y se les borra por la vía del suicidio. Imposible un servicio más completo, utilidad más cabal.

El islamista fanático es un arma en sí mismo. Un arma que después de utilizada no hay que esconder como, por ejemplo, a los «barbouzes», los agentes sin rostro que en la Francia inicial de la V República ejecutaron el contra-terrorismo frente a la OAS que quería la Argelia francesa, y luego desaparecieron dejando sólo como huella unas tumbas sin nombre. El islamista, más allá o más aquí de su sentido primordial, es el instrumento más adecuado para estrategias oscuras e inconfesables.

Visto lo que da de sí la gente islamista, no se necesita por quienes la explotan de mayores cautelas para poderla emplear como tropa auxiliar al servicio de un propósito último que le es ajeno. Puede utilizarse como energía limpia, sin contaminación política para quienes son capaces de manejarla. Suma a sus cualidades destructivas la ventaja de que, como arma, hace innecesaria la construcción de zulos donde esconderla. Con suministrarle los explosivos basta. Se les portean éstos hasta el objetivo y, si es necesario por la naturaleza de la misión, se inmolan «in situ», como en Palestina o en Iraq. Para otros casos, como el 11-M, de operativa distinta, la inmolación viene después. El meta-terrorismo más oscuro tiene en el islamismo el arma del siglo XXI. Ese terrorismo sin rostro ha encontrado el instrumento sin rastro.
 

RECONCILIACIÓN
Por Enrique de Aguinaga

Durante la guerra (1936-1939), en Madrid y su provincia se cometieron trece mil asesinatos (Pedro Montoliu, Madrid en la Guerra Civil). De ellos, 11.705 se han relacionado con nombres y apellidos (Rafael Casas de la Vega, El terror: Madrid 1936) y mil quinientos se cometieron en tres días, 7, 8 y 9 de noviembre de 1936 (Jorge M. Reverte, La batalla de Madrid).

Los siniestros paseos terminaban en las afueras de la ciudad, que han acabado edificándose. De ahí las dificultades de las familias, tanto como las de «Recuperación de la memoria histórica» y de la Comisión Interministerial, para localizar los lugares de los crímenes. El crecimiento urbano ha sido así, sin proponérselo, un signo de reconciliación, que, en 1974, Santiago Carrillo proponía en estos términos:

«Cuando nosotros [Partido Comunista] hablamos de la amnistía, no hablamos sólo de la amnistía para nosotros. Hablamos de la amnistía para los que han combatido en el otro lado. Y no solamente para los que han combatido en la guerra, sino para los que han combatido después y para los que nos han matado después. Hoy los criminales somos nosotros. Pero mañana los criminales serán ellos. Nuestra concepción de la amnistía es que esa amnistía debe ser para unos y para otros. Es decir, que no debe haber ningún espíritu de revancha ni ninguna política de revancha.»







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