Altar Mayor - Nº 96 (17)
Fecha Sábado, 06 noviembre a las 22:32:42
Tema Altar Mayor


REVISTA DE LA HERMANDAD DEL VALLE DE LOS CAÍDOS
Nº 96 – Noviembre-Dciembre de 2004

LIBROS Y REVISTAS

LATITUDES AZULES
National Geographic
Tony Horwitz

En mi adolescencia, era imposible entrar en una discoteca -en Madrid, San Rafael o la Playa de San Juan- sin que sonara una canción de Donna Summer. Ahora, si me preguntaran: «¿Donna Summer o Beyoncé?», respondería sin pestañear que Beyoncé. Pero la verdad es que nadie me colocará nunca en tal disyuntiva. En similar limbo que la antigua reina de las pistas flota el capitán Cook. A buen seguro que su imagen ha sido acuñada en varias monedas polinesias, pero los habitantes contemporáneos de las tierras que oficialmente le deben su existencia poco o nada saben de él. Excepto en Tonga, donde vive una supuesta bisnieta suya, les suena más el capitán Hook enemigo de Peter Pan que el capitán Cook. Goza sin duda de mayor predicamento en la Luna, donde ha dado nombre a un cráter. Y no es de extrañar, dado que el marino recolector de más de mil cuatrocientas nuevas especies vegetales, descubridor a Occidente del tatuaje y el canguro y que puso nombre a más lugares que ningún otro navegante de la historia apenas permaneció unos minutos en la mayoría de los islotes y cíbolas que -haciendo abstracción de sus habitantes- «descubrió». Suele pasar.

En Bora-Bora, por ejemplo, estuvo menos de un cuarto de hora, y apenas rostro pálido alguno volvió por allí hasta la II Guerra Mundial. Tan escaso lapso temporal sembró, sin embargo y quizá para su consternación, la semilla del inminente genocidio de los aborígenes australianos y de los maoríes. Tony Horwitz lo explica muy bien en Latitudes azules, el excelente estudio sobre los viajes de Cook lanzado por National Geographic. Casi un tercio del mapa del mundo estaba en blanco antes de que el Endeavour zarpara el 26 de agosto de 1768 de Plymouth el mismo día en que la London Gazette informaba del insólito nombramiento como maestro de un niño de doce años llamado Wolfgang Amadeus Mozart. Reconozco, sí, una injusticia que hoy todas las cajas de vitamina C del mundo no luzcan la efigie de tan infatigable y victorioso luchador contra el escorbuto como fue Cook, pero no creo -hablando con franqueza- que hayamos ganado nada con el relleno del mapa. Algunos, en rigor, perdieron mucho. En 1774, había doscientos cuarenta mil nativos en Tahití. En 1865, menos de un siglo después de la llegada del Progreso, quedaban siete mil ciento sesenta y nueve. Sólo setenta años después del desembarco de Cook, sobrevivían en Tasmania menos de cincuenta aborígenes.

Cierto: Cook no era tan malo. Fue manipulado por un Almirantazgo inglés que le ordenó de boquilla tomar posesión de cuanta tierra se topase en su ruta, a la vez que le proveía de un documento por el que el gobierno de Su Majestad se autoexculpaba de toda responsabilidad cara a las generaciones venideras. Suele pasar. Y la vida de Marlon Brando -de acuerdo- hubiera sido mucho menos feliz si Cook se hubiera limitado a cartografiar el litoral canadiense... No deja de sorprenderme que, en el mundo moderno, argumentaciones como estas sean unánimemente aceptadas como excusas respetables.

Merece, en cualquier caso, la pena leer el libro de Horwitz, una magnífica evocación del mundo marinero del siglo XVIII, una inteligente aproximación a la personalidad del capitán y una amena confrontación de la Polinesia y la Australia «vírgenes» con las de hogaño. En él conoceremos a Nick Young, el Rodrigo de Triana inglés, avistador de una Nueva Zelanda donde, de primeras, se tomó por mariquitas a los tripulantes del Endeavour por aquello de viajar sin mujeres ni niños, y se disfrutará de una entrevista con el rey de Tonga digna de figurar entre las mejores. Horwitz devuelve virtualmente a la vida un Tahití de Movitas y Vaitiares mitificadas por el imaginario erótico marinero para cotejarlo con las actuales -e inagotables- canteras de reinas de la belleza donde la vocación de edén fiscal convive con el mormonismo y el activismo isleño por el renacimiento cultural, inspirado entre los maoríes por los ejemplos del American Indian Movement y la insurgencia afroamericana. Latitudes, en efecto, muy azules.

Joaquín Albaicín
 

MEMBRANZAS DE LA GALERA ENVIDIA (¿1524-1574)
Editorial Albatros, Valencia 2003
José Luis Gordillo Courcières

 Se trata de un autor con un singular dominio de lo militar e historia, y de lo poético y la literatura. Ambos campos, a veces dispares, a veces coincidentes, ha cultivado con acierto. Del orden de «las letras» señalamos: Luys Santa Marina (Notas de vida y obra); Vida de Manuel del Palacio con Madrid al fondo; Todo el siglo es carnaval; Un poeta satírico del siglo XIX, además de algún estudio sobre Formentera, castillos templarios, etc. En el terreno de la historia, y de lo militar en concreto, recordamos: La columna de Bayo y la rigurosa La objeción de conciencia, ejército, individuo y responsabilidad moral. Esta última es, junto con la tesis del Deán de la Catedral de Oviedo, Somoano, pacifismo, guerra y objeción de conciencia a la luz de la moral católica, de lo más serio sobre el polémico tema.

La obra que nos ocupa parte de un recurso literario muy afortunado; habla en primera persona de una galera de la flota mediterránea española del siglo XIV. Y lo hace en todo momento con un dominio del lenguaje y terminología del siglo de oro, en particular la naval, que nos indica un autor particularmente documentado. Intercala poemas y cartas factura del autor del libro, como la del capitán Aldana al marqués de Santa Cruz. Todos ellos magníficos exponentes de fidelidad al tono y estilo del momento, a la altura, por lo menos, de la serie Alatriste del también enamorado del mar y de la historia, pero mucho más conocido Pérez-Reverte.

La galera, estrecho y rápido buque de remos, no apto para el invierno o mares abiertos, simboliza un poco lo que fue el Imperio Español, y responde a su «frente oriental», como el galeón al occidental. Si consideramos que nuestro Imperio sostuvo, a la vez, tres inmensos y desangrantes frentes: el Atlántico de conquista de las Indias, los océanos y contienda con Inglaterra y Holanda. El Norte, de dique con el protestantismo, y el frente Mediterráneo, de contención al Islam, en el momento en que la potencia Otomana parecía incontenible. En los tres frentes, como la galera nos cuenta, aparece la «cristianísima» Francia siempre, de modo desleal a su título. Los tiempos han cambiado y los 11-M de hoy no dejan pistas tan manifiestas como las flores de Lys en los cañones berberiscos.

La galera Envidia nace con las primeras campañas de Carlos V, y por especialmente longeva, llega a sobrevivir a Lepanto. La narración de esa, «la más grande ocasión que vieron los siglos», que diría el allí mancado cabo de infantería de marina Cervantes, desde la subjetividad y perspectiva de la nave, es una evocación emocionante. Un trabajo más monográfico e histórico sobre ella, con dibujos de su mano, lo tenemos del almirante Carrero.

Las reflexiones de la nave y sus ocasionales tripulantes no tienen desperdicio. Pueden ser teológicas, de reproche ante la vergüenza tricentenaria de Gibraltar, o sobre la cotidiana de la terrible vida de los galeotes. En todo caso merece la pena su lectura. Gracias a 200 galeras como aquella, y a hombres anónimos en su cubierta y bancos, o a comandantes con D. Juan de Austria en La Real, no vivimos los españoles, al menos todavía, en un nuevo Al-andalus.

Francisco Díaz de Otazu
 

LOS SIGNOS DE HERMES
Editorial MRA
Juan García Font

Cuenta el mito que, viendo a dos serpientes enzarzadas en despiadada lucha, Hermes interpuso entre ambas su vara, en la que, mansas, se enroscaron, dando así ellas término a la lid y ganando su caduceo el poder de «ligar» y «disolver», similar al del cayado de aquel Moisés practicante ante el faraón de una ejemplar demostración de solve et coagula.

Hablamos, pues, de toda una cadena iniciática de introductores del orden en el caos. De acuerdo con la tradición islámica, en cuyas alforjas penetró el legado hermético en Bizancio y, en una segunda fase, en Europa Occidental, habrían ejercido su magisterio hasta tres Hermes. Primero, el Henoch ascendido por voluntad de Dios al Séptimo Cielo para ser avisado de la inminencia del Diluvio y que, antes de desencadenarse éste, grabó en dos columnas todas las ciencias. Después, el nacido en Babilonia, maestro de Pitágoras. Finalmente, el Hermes menfita, instructor de Asclepios y autor de los tratados de astrología y alquimia, ese -en palabras de Titus Burckhardt- «arte de las transformaciones del alma» que es seguro camino de retorno al Paraíso Terrenal.

De la custodia de caminos, precisamente, se ocupa Hermes, que tiende la mano a los viajeros extraviados, guía las almas hasta el mundo de ultratumba e ilumina fanal en alto la senda hasta los tesoros escondidos. El dios escurridizo que llega «como un ladrón en la noche» vuelve a estar de moda, si así puede decirse. En muy pocos meses, ha visto la luz el número de La Puerta dedicado a él, Olañeta ha publicado el imprescindible La Cábala y la Alquimia en la tradición espiritual de Occidente, de Raimon Arola, y Obelisco Los Himnos de Hermes comentados por G. R. S. Mead. Y no hace mucho que Paidós lanzara el ensayo de Burckhardt, de consulta obligada y ha tiempo descatalogado. Pero es García Font quien, con Los signos de Hermes, proporciona una visión panorámica más amplia del dios. Su nacimiento, sus peripecias más célebres, sus vínculos con Apolo, Pan o Hécate, sus lazos con la magia o la palabra, sus funciones y atributos... Aunque centrado en la tradición grecolatina, no deja García Font de atender a sus homólogos del panteón babilonio, fenicio, védico, celta, hebreo e islámico, deteniéndose en particular en su «antepasado», el egipcio Thot, señor de los jeroglíficos. Hay incluso un capítulo dedicado a sus sandalias, hermanas de las de Al Khadir -profeta secreto del Islam- y elaboradas con idéntico cuero que las del Judío Errante, zapatero en Jerusalén.

La circunstancia de que Hermes, tras su descenso del Séptimo Cielo para comunicar la gnosis a los hombres, fuese entronizado como regente o Polo del Cuarto Cielo, el del Sol, ocupante del lugar central entre todas las esferas celestes, ha sido interpretada por algunos (como Martín Rodríguez de Almenara en su excelente artículo de La Puerta) en el sentido de que Hermes ostentaría el más alto grado de la jerarquía iniciática, que nadie más puede compartir. Y, ciertamente, a la afirmación no le falta sentido si tenemos en mente los vínculos de Henoch con Melkisedec, Elías y Al Khadir. Otros, como René Guénon, matizarán que Hermes no abarca la totalidad de las antiguas funciones de Thot, sino sólo algunas específicas referidas al mundo intermedio: la paradoja de que Hermes rija el Cielo del Sol, en tanto es Jesús quien gobierna el de Mercurio, indicaría que las ciencias puestas bajo el patronazgo de Hermes no son las espirituales puras, sino las cosmológicas. Perspectivas complementarias sobre la función de Hermes pueden encontrarse en las obras de Henry Corbin, particularmente en El hombre de luz en el sufismo iranio, editado por Siruela.

Joaquín Albaicín
 

EUROPA, IDENTIDAD Y MISIÓN (Aportación de Juan Pablo II a la construcción de europa)
Ed. Edibesa
Bienvenido Gazapo Andrade y Elia Cambón Crespo

Los profesores de la Facultad de Ciencias de la Comunicación de la Universidad Europea de Madrid, Bienvenido Gazapo Andrade y Elia Cambón Crespo, son los autores de Europa, identidad y misión (Aportación de Juan Pablo II a la construcción de Europa). A la hora de construir la nueva Europa, dotarla de una Constitución y potenciar las instituciones que la desarrollen y den vigor, no es asunto baladi la palabra, nacida de la experiencia, del Papa Juan Pablo II, más de veinticinco años en el Pontificado, que sufrió en sus propias carnes los rigores del nazismo y del comunismo. Este Papa mira a Europa con esperanza y con preocupación también; por eso ha dedicado al tema multitud de intervenciones magisteriales, insistiendo, sobre todo, en que para la construcción de la nueva Europa, ya en un clima de distensión internacional, es necesario saber qué hacer, cómo hacerlo y para qué hacerlo. Un anexo de más de un centenar de páginas con textos de Juan Pablo II se ofrece como parte documental imprescindible. Pero el libro se estructura en torno a tres apartados: La metamorfosis de Europa (una panorámica de los fundamentos y cambios culturales a lo largo de su historia), Ciudadano de Europa (como adecuado calificativo del Papa actual) e Identidad y misión (diagnóstico sobre el pasado, el presente y el futuro que ha venido haciendo a través de su magisterio pontificio). Especialmente iluminador y contundente es el epílogo, donde los autores exponen las percepciones que no se escapan a ningún analista del actual proceso político (marginación del hecho religioso, relevancia de una ética laica sustitutiva de toda moral religiosa y atonía cristiana desinteresada en impregnar de fe las estructuras temporales) y lanzan sus propuestas, al tiempo que recuerdan las llamadas de Juan Pablo II a la esperanza. Un libro imprescindible.

Ecclesia
 

LA TERCERA GUERRA MUNDIAL HA COMENZADO (Inédita)
Carlos Martínez-Cava Arenas

Dice André Glucksmann que la palabra «Guerra» aterroriza. Que su empleo recuerda las delicadezas propiciatorias de quien evoca el cáncer, el sida o la locura. Nada más sencillo –dice– que afirmarse contra «la guerra». Nada más adecuado que jurar que no se justifica ninguna.

Europa se ha convertido en el adalid de todas las «paces» y en el paladín callejero contrario a todo intervencionismo armado. Pero fue Platón quien, al meditar sobre las razones y maneras que tienen los hombres de unirse en las ciudades –dotándose de una existencia política común–, evoca de paso, para rechazarla, la hipótesis de una unificación reducida a la estricta preocupación de la satisfacción de las necesidades elementales. En este caso extremo, los habitantes formarían una ciudad ahistórica, sin política exterior, sin cuestiones molestas. Platón bautizaba, no sin sonreír, a esta ciudad de la salud como la «ciudad de los cerdos».

Éste es el perfil que Glucksmann en su polémica y provocadora obra Occidente contra Occidente dibuja de forma afilada.

Pero ha sido Laurent Arthur du Plessis quien con su incendiario texto La Tercera Guerra Mundial ha comenzado, continuando las tesis de Glucksmann y las de Huntington, nos pone ante nuestros ojos el abismo de la catástrofe.

Este argelino pied-noir nacido en 1952, licenciado en Derecho, Filosofía y Ciencias Políticas, que ha escrito en Le Figaro y publicado su primera novela, Les Fous d´Allah, desarrolla en su último libro el estudio sobre el integrismo islámico y la crisis económica mundial.

Su tesis es que el integrismo islámico constituye un fenómeno imparable que acabará provocando un conflicto bélico de carácter nuclear con enfrentamiento entre bloques de civilización. A ello añade sus excelentes conocimientos de economía para afirmar –siguiendo la Teoría de Ciclos de Dow y de Elliot– que los mercados bursátiles se encaminan hacia una crisis muy superior a la de 1929 y que llevará los índices a los niveles de 1931. ¿El indicativo en la superficie de esa crisis? El precio del petróleo. El libro, publicado en España en mayo de este año, señalaba un primer objetivo del crudo en 57 dólares barril. Cuando escribo estas líneas el petróleo brent cotiza por encima de los 44 dólares. El objetivo, ya lo han señalado algunos medios de información, son los 100 dólares. Si eso ocurre se provocará un colapso sin precedentes.

El caos que dibuja Du Plessis en Europa no puede dejar indiferente, por cuanto las poblaciones árabes residentes en las naciones del viejo continente seguirán los discursos del integrismo más radical, provocando escenarios de «libanización» y anarquía.

Sin perjuicio de estudiar por dónde puede iniciarse el conflicto, que el autor señala entre India y Pakistán, pero que también puede situarse en Oriente Medio, nos lleva a la raíz de los bloques de civilización y busca qué Estado árabe puede convertirse en «Estado-Faro», es decir, en el Estado que galvanice al resto y sea el Polo de Acción de los demás. Du Plessis, con grandes conocimientos de Geopolítica y Economía, nos va haciendo desfilar a todos los candidatos hasta detenerse en uno en concreto: Turquía. Si esta nación –dice el autor– deriva hacia el integrismo (y ya hay señales de ello), se convertirá en Estado-Faro.

No estamos ante un libro simplista de tonos apocalípticos (propios del milenarismo y de sectas new-age), sino ante una obra de enjundia cultural que aúna los conocimientos de Historia con los de Economía, Geopolítica, Sociología y Religión para ofrecer en un lenguaje sencillo un análisis frío y exacto de lo que está ya ocurriendo (el libro fue escrito en 2002 y su lectura sobre lo que ha ocurrido en el mundo después de esa fecha provoca escalofríos).

Du Plessis tiene el valor de pertenecer a la selecta clase de almas que anticipan lo que va a suceder por el estudio de la realidad. Sus textos nos recuerdan los discursos de Winston Churchill en el Parlamento inglés de los años 30. Muchos se rieron entonces del «viejo y acabado Churchill»; luego le llamarían desesperadamente para que formara y dirigiera la nación ante la amenaza insoslayable.

No estamos ante un oráculo, sino ante alguien que se anticipa al movimiento en su visión. En su libro pone el ejemplo muy gráfico del comportamiento de los inversores en los mercados financieros; son muy pocos los que saben ver en qué momento exacto el mercado gira hacia arriba o hacia abajo. Considera que la sociedad y su pensamiento dominante es un gran paquebote lanzado en trayectoria rectilínea y cuya masa le impide girar con agilidad. Cuando el mastodonte empieza a girar, la realidad –esa rápida fueraborda, dice Du Plessis– ya navega a toda velocidad desde hace tiempo. Sus palabras son exactas: «Si bien el pensamiento dominante puede servir de brújula, el método correcto debe consistir en buscar las tendencias de futuro sin pensar que lo correcto es lo que hace el mayor número de personas».

Para el autor, la Tercera Guerra Mundial es una venganza de la naturaleza sobre el hombre. Consagra el retorno del Derecho Natural, tal como lo concebían los grecolatinos: el hombre forma parte de la naturaleza, está en la naturaleza. Está sometido a sus leyes. A partir del siglo XVIII, el pensamiento occidental ha puesto el acento en un voluntarismo que separa al hombre de la naturaleza y le confiere la misión de adueñarse de ella.

La Tercera Guerra Mundial consagrará el fracaso de este voluntarismo.

Glucksmann también lo anuncia: Occidente choca. Todo está en juego. El tañido fúnebre por el fin de la historia queda suspendido. El carillón de un nuevo comienzo contiene su aliento.

Nihilismo o civilización.

El Semanal Digital









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