Altar Mayor - Nº 96 (13)
Fecha Sábado, 06 noviembre a las 22:37:53
Tema Altar Mayor


REVISTA DE LA HERMANDAD DEL VALLE DE LOS CAÍDOS
Nº 96 – Noviembre-Diciembre de 2004

ANASTASIA. DIARIO DE UNA BÚSQUEDA
Por Joaquín Albaicín
[1]

Madrid, 18 de junio de 1991 (Sueño) [2]

Es 17 de julio de 1918 y estoy en un templo antiguo de Ekaterinburg, fundado seguramente cuando la ciudad aún era una aldea. A mi alrededor, otras personas asisten a la misa sobre la madera de sus bancos o reclinando la espalda contra los muros. Un sacerdote de alba camisa y tocado por amplio sombrero de samaritano, la canta. Que en la iglesia reine un ambiente festivo y, dadas las circunstancias, algo irreverente, no parece afectarle. Permanece impasible y nada dice al respecto.

Me fijo en dos militares sin graduación juntos en una de las bancas. Son hermanos o, tal vez, amigos inseparables. Gente ruda, sin muchos escrúpulos.

Un hombre sentado a mi lado, por su parte, se queja:

-¡No hay derecho! ¡Quiero escuchar verdadera misa!

En esto, en mitad del ritual, varios hombres alzan a la novia -parece, pues, que se celebra una boda- y se la llevan a hombros al compás de una melodía salsera. El «marido», a pie, les sigue.

Algunos preguntan entonces a un joven, también soldado y a quien se supone enamorado de determinada moza, si no se va a hacer por contra novio de la hermana de ésta. Sin revelar sus auténticos sentimientos más que con su forma de mirar a la aludida, responde:

-No sé.

Ella levanta hacia él los ojos con timidez, pero halagada. Únicamente el joven soldado y la hermana de su novia oficial parecen, en medio de todo este jaleo, puros e inocentes.

Salgo de la iglesia. La noche ha caído, y todo el mundo -por su cuenta, en pareja o en pequeños grupos- porta armas y siente miedo, teme. Se respira, se presiente la cercanía de un verdadero asesino, un carnicero, un aliento negro.

Tomo asiento junto a la carretera, donde charlo con Juan sobre el significado de la insólita eucaristía presenciada.

-Las cosas -le digo, refiriéndome al fin de los Romanov- no sucedieron así en realidad. Es muy fácil deformar la historia.

Entro en una cantina. Nada más franquear la puerta, advierto que voy con el torso desnudo y pregunto con vehemencia y apremio por mi camisa a los presentes, que se vuelven hacia mí muy sorprendidos, pues lo que tan excitado busco lo llevo, en realidad, puesto.

Llega el momento de partir, de abandonar el sueño. Las imágenes principian a tornarse borrosas y, las voces, más lejanas. Un nombre golpea machaconamente mi cabeza: «Alexeiev, Alexeiev, Alexeiev» [3] ...
 

Madrid, 27 de diciembre de 1995 (sueño)

Hojeando una biografía de Anastasia, me llama la atención una foto de ella en la que, al fondo, en negro, aparecen sus dos loros. Y recuerdo mi sueño reciente, los dos pájaros negros posados en la marquesina de la ventana de mi madre, a los que yo rompía el cuello...
 

Madrid, 21 de noviembre de 1999 (sueño)

Las imágenes oníricas coagulan sobre las doce de la noche del 20, es decir, en la frontera entre ambos días. En un restaurante, cenamos a la mesa cuatro personas: mi madre, yo, alguien más a quien no recuerdo y... ¡Alexis de Anjou! «Así que yo tenía razón», pienso: «Así que...».

Digo a Alexis que tengo su libro lleno de subrayados.

-¡Oh, bueno! -responde- Del contenido, no quedé del todo satisfecho, pero la portada fue muy buena, ¿no creen?

-Sí, claro -convenimos todos.

-¿No cree que es tiempo de publicar uno nuevo?

-Pues sí, es buen momento, lo estoy pensando...

-Los acontecimientos recientes, ya sabe... -Me refiero (y sí, lo sabe) a las pruebas de ADN practicadas al tejido intestinal de Anna Anderson y a los huesos de Ekaterinburg.

-Claro, claro.

Poco a poco, nuevos contertulios van sumándose a nuestra charla, entre otros un presentador y escritor (creo que Skármeta) y mi tío Miguel... Alexis me pregunta si puedo recomendarle algún poeta español actual.

-No leo mucha poesía -confieso-. En España, por lo general, no se lee poesía. Sólo a Lorca, a Bergamín... A los consagrados.

Al lado de Skármeta, el tío Miguel, muy mayor pero súbitamente repuesto de todo achaque, se pone en pie y comienza a bailar magistralmente por bulerías mientras mamá y yo le hacemos compás.

Cuando despierto, caigo en la cuenta de lo que debí preguntar a Alexis...

Date: Sat 7, Apr 2001
From: Ungern-Sternberg <[email protected]
To: Joaquín Albaicín < [email protected]

Querido Joaquín:

Acabo de llegar y he leído por encima los papeles de Anastasia. Te los mandaré en cuanto pueda. ¿Necesitas una traducción literal de todo, o un resumen? Te lo digo porque esta señora no encontró demasiado por Besarabia, sólo rastros misteriosos que se perdían en la niebla de una Ucrania presoviética, rumores de algún exiliado mitómano y los restos de una familia que nunca existió y una misteriosa hija del Zar protegida por polacos y judíos, nunca demasiado propicios a los zares... Anastasia, por las pistas que se dan aquí, bien pudo ser una intoxicación bolchevique para deslegitimar a los pretendientes Romanov, un producto de los servicios, como diría Frank G. Rubio.

Una pregunta: ¿Quién se quedó con el oro de los Romanov? Esta señora trabajaba para los daneses y contaba con el apoyo de la reina María de Rumanía, hija del Duque de Edimburgo y de la Gran Duquesa María de Rusia.

Un abrazo:

 J. M..., por Masud siempre.
 

Madrid, 15 de abril de 2001 (Sueño)

Sueño de ayer: Sebastián Porras y yo viajamos en autobús a Rumanía... Viaje que, al abrir los ojos, creo sería oportuno hacer realidad, aprovechando así para buscar las -a buen seguro- nada frescas huellas de Anastasia en Gabarevo.

Recibo e-mail de Yaw, que ha pedido el libro de Shay McNeal por el sistema de préstamo interbibliotecario para fotocopiármelo de tapadillo. Le pido que trate de localizarme por idéntica vía los de Jack Manahan y Gleb Botkin.
 

Madrid, 27 de abril de 2001

En estos días, mis preocupaciones son en general de índole fundamentalmente dinástica: afán de tener un hijo, encargo del curioso libro Nobiliaria etíope, rastreos de huellas de los Romanov apócrifos por los ficheros de la Biblioteca Nacional, estudio del ruso para desentrañar mejor las cartas del Archivo Botkin recibidas del Hoover... Por cierto que el 22, día arcánico por excelencia, me llegaron los esperados escritos sobre Ungern, echaron por televisión Anastasia y recibí mail de Ezequiel, reactivándose la trama. Rompí el luto sólo para ver la película, pues sé que la Yaya la hubiera disfrutado. En otro sobre del Hoover, me llegaron varias cartas presuntamente escritas en el Oberstdorf por Anna Anderson. Unas, en alemán, pero dos de ellas... a máquina y en ruso. Qué extraño. El estudio de esta correspondencia, así como el cotejo grafológico y la observación de las fotos publicadas en el libro de Gilliard y Savitsch me están llevando a conclusiones de lo más interesantes.
 

Madrid, 21 de noviembre de 2001

Carta de Tania, de San Petersburgo: «Una vez hablé sobre el tema de Anastasia con una famosa adivina, que sabe ver el pasado y el futuro y está en contacto con el canal informativo global (del Cosmos). A veces, recibe la información por pinturas o películas. Dice que la familia imperial no fue asesinada, que mataron sólo a sus criados, que Anastasia y María fueron las que más tiempo vivieron y que Nicolás II vivió como monje en el bosque siberiano. Pero no pudo decirme si Anna Anderson era o no Anastasia. ¿Quiém sabe?».
 

Madrid, 22 de diciembre de 2001 (sueño)

Alguien me informa de que el 23 de mayo (o de marzo) de 1953 fue publicado, en la revista Nuevo Mundo, un artículo referente a fondos depositados por el Zar en el extranjero. La entidad era el Atlantic Bank, y la sucursal -no recuerdo bien- estaba en Austin, o quizá en México o Argentina.
 

Madrid, 30 de diciembre de 2001 (sueño)

Entro en una tienda de regalos para mujer en la que se venden, sobre todo, bolsos y bisutería. Me detengo ante dos pendientes, gruesas esmeraldas de diámetro superior al de la yema de un pulgar y engarzadas en una corona de perlas. Pero son inservibles, pues las piezas de ajuste a los lóbulos están rotas. Sé que pertenecieron a Anna Anderson Anastasia, y la dependienta me lo confirma. Me muestra, además, unos dibujos de Anna, conservados por una amiga suya. Recuerdo un autorretrato burlesco, tamaño cartel.
 

Madrid, 28 de diciembre de 2002 (sueño)

Hoy, Día de los Inocentes, me visitan los Romanov asesinados. Para otra inocente, partida en tal día como hoy, escribo mi libro sobre su martirio. La procedencia del sueño es, pues, clara.

Escribo a Nicolás II una carta con intención de averiguar algo sobre su suerte. Veo al Zar mientras le escribo. Me mira plácidamente desde un sello de correos, idéntico en composición y colorido al dedicado por la URSS en 1962 al fundador de la Cheka, Félix Djerzhinsky. Parece obvia señal de qué instancias sellaron su destino.

También, por indicación de la Yaya, dirijo una misiva a Anya Vyrubova, quien vive ya en Finlandia. preguntándole cuándo llegó al convencimiento de que toda la familia imperial había sido asesinada. En el sueño, el año 1951 -¿ó 1961?- juega algún papel en relación con Vyrubova.

¿Se responderá esta noche a mis preguntas? ¿Recibiré carta de la vieja Rusia?
 

Madrid, 12+1 de enero de 2003 (sueño)

Hoy, tengo -que recuerde- mi primer sueño cosmonáutico. Voy a partir al espacio, para lo cual he de trasladarme de inmediato a Moscú y, de ahí, a Baikonur. Mamá está muy orgullosa y emocionada por el acontecimiento. Me siento agobiado, pues, aunque acabo de comprar un traje y un casco de cosmonauta, aún no tengo las botas. Envío a Keka a buscarme un taxi. Llega entonces la Yaya, contenta, a despedirme. Le digo que, como voy a pasar una hora en Moscú, compraré aquellos huevos pintados con las imágenes del Zar, la Zarina y el Zarevitch que en mi anterior visita no pude traerle.
 

Berlín, 22 de mayo de 2003

Son alrededor de las dos cuando llego a un Berlín de luz pálida y sin relumbrón. Siempre había imaginado la ciudad de Hitler iluminada por colores chirriantes pugnando en su desmesura por desbordar los filos de la mirada, como los de las camisas pardas, las botas negras y los brazaletes rojos de las pegatinas y afiches nazis. Pero no. El sol apagado de Berlín tamiza los colores con un barniz de ozono desgastado.

Me toca compartir habitación con Timofir, un realizador de documentales bosnio que, cuando entro a desempacar mi equipaje, se encuentra ausente. Llego a la Haus der Kulturen del Welt, donde se celebra la Conferencia conmemorativa del LX aniversario de la deportación de gitanos a Auschwitz-Birkenau y del L de la muerte de Django. Rajko -se dice que hay movimientos para relanzar su candidatura al Nobel- deambula solitario por el recinto con el cuello abrochado por una pajarita. Apenas queda, me dice, una hora para la recepción inaugural, y a las ocho dará comienzo la primera función. Así que paseo un rato por el enorme vestíbulo hasta toparme en el bar con Ljatif, quien me presenta a un joven abogado nacido en Albania, ahora estudiando en París becado por Soros, y a una chica de Rumanía a la que parece muy unido. Con él está también George Sarau, el profesor de romaní de Nicolás y Carlos en la escuela de verano de Marcel Courthiade. De corrillo en corrilo, picotea una joven india, calco de tez pálida de Sharmini y encargada de las relaciones con la prensa. Por supuesto, nadie me la presenta.

La primera parte del festival es soberanamente soporífera: Vivaldi, Ravel... Tras el descanso, sin embargo, empiezan a desfilar por el escenario Esma Redzepova, Ilo de Rusia, la Koçani Orchestra... El día termina para mí cenando frente al hotel con Timofir, que invita.
 

Berlín, 23 de mayo de 2003

Desayuno en Steiner, café «antroposofista» próximo al hotel, y, a eso de las dos, me dejo caer por la Haus der Kulturen para escuchar la conferencia de Ljatif, que en el jardín me presenta a Regina Angelokastritis, gitana sinti superviviente de Auschwitz y antes, creo, internada también en Jasenovaç. Después, dado que hay tiempo libre hasta las ocho, decido no volver al hotel y dar un paseo por los magníficos jardines próximos al edificio. Mis pasos me llevan hasta la Puerta de Brandenburgo. Tras cruzarla, paso ante el Adlon -el hotel de los espías, junto al Puesto Charlie- y desemboco, al fin, en la Friedrich Strasse, donde estaba -según sus declaraciones- la pensión en la que Anastasia se alojó con Sergei Chaikovskii y de la que partió para arrojarse al río. ¿Podría yo reproducir su itinerario? Fue esta la tentación que principalmente me impulsó a responder de modo afirmativo a la propuesta de Rajko de viajar a Berlín.

Es imposible, sin embargo, reandar sus pasos con exactitud, pues jamás precisó a qué hostal en concreto se refería. La Friedrich Strasse con olor a kebab de hoy es, además, radicalmente distinta de la que Anastasia conoció al llegar de Bucarest. Estudiando mi mapa, logro -sin embargo- localizar el emplazamiento del Canal Landwehr y, sobre él, el Puenter Bentler. La distancia no parece tanto como insalvable. Además, ciertas cosas requieren sacrificio.

Me pongo en camino deteniéndome aproximadamente cada doscientos metros a comprobar en el plano si no he desviado de la ruta. La emoción me embarga cuando, tras doblar la esquina de la Neue Artgallerie donde Armani expone sus diseños, desemboco en la calle surcada por el canal. Cruzando la calzada, me sitúo junto a la hilera de árboles que bordea su cauce. Son alrededor de las ocho. A las nueve, según el informe policial, se zambulló la Señorita No Identificada en las aguas. Ya distingo el puente. ¿Camina Anastasia junto a mí? No lo sé. Sí sé que camina mi abuela...

Si Anastasia llegó a pie desde la Friedrich Strasse, es casi seguro que lo hizo por esta misma acera. Las fuentes que he consultado no precisan si se lanzó -o fue lanzada- al agua desde el mismo puente o desde sus inmediaciones. Probablemente, ni ella misma, que habló a Fallows de su fascinación natalicia por el agua, por conocer lo que dormía en sus profundidades, lo sabía. A la altura del puente descubro un pequeño malecón escalonado de doce peldaños, residencia de una familia de ánades. Sí, también pudo permanecer vacilante, sentada en uno de esos doce peldaños antes de saltar. O ser «pescada» desde allí por el oficial de policía que la rescató. En la barandilla del puente, alguien ha pintado una flecha que señala la escalera. Interesante.

La luz es ideal para tomar unas fotos, pero cuando me fui de la Haus der Kulturen dejé mi cámara a Ljatif, pidiéndole que me la guardara hasta la hora del festival. Habré, pues, de volver mañana. Mas mi jornada no ha concluido. Contra todo pronóstico, acaba de empezar, porque, según mis notas, el Hospital Elisabeth, primera institución en que la Señorita No Identificada fue ingresada tras su rescate del canal, se alza -o alzaba- justo... ¡en la calle paralela! Apenas logro contener mi júbilo al divisar el edificio de ladrillo rojo y el cartel del hospital para mujeres, aún en funcionamiento. Así que fue por estos jardines por donde Anastasia paseó... Y esta, la garita ante la que se deslizaron, semiembozados, la Gran Duquesa Olga y la Baronesa Buxhoeveden. Y el teniente Markov, y el embajador Zahle de Dinamarca, y el misterioso mujik... Y acaso, de incógnito, el propio Chicherin, Comisario de Asuntos Exteriores de la República Soviética... Aunque, ahora que caigo, no fue aquí, sino en el segundo hospital, el Dalldorf, donde empezó el desfile de visitas.

Algo desorientado, regreso a la Haus der Kulturen atravesando un frondoso parque. A la salida de su espesura, un ángel de oro me señala el camino. El festival ya ha empezado cuando tomo asiento en mi butaca. Es el extraordinario Titi Winterstein quien en ese momento perfuma a la fascinada audiencia con el incensario de su violín. Aún aletea su duende en el aire cuando, mientras puntea su guitarra Tornado Rosenberg, el Raimundo de allende los Alpes, reconozco al levantarse de una butaca el perfil de Paco Suárez y voy a saludarle. En la puerta está también su mujer. Pronto se unen al grupo Behljuj-Baki Galush -a quien no veía desde Barcelona-, Bajram Haliti, escritor de Belgrado que me obsequia su libro Badalesi angrustin (El anillo caído del Cielo) y se queda de una pieza cuando le aclaro que Lorca no era gitano, y el extraordinariamente jovial Kasum Cana. Fotógrafo, escritor, activista y cantante, nació en Kosovo, mas reside hoy en Zagreb, donde preside el Centro Cultural Gitano. Con él, el realizador aficionado bosnio Sahin Sisiç y Slobodan Marcoviç, pintor sesentón residente seis meses en Oslo y otros seis en Belgrado, me lanzo a la noche berlinesa tras breve paso por el hotel para desprenderme de cámara y demás lastres.

Luego de unos primeros sorbos y unos kebab para atesorar fuerzas, nos topamos en un pub inglés con Tornado. La juerga estalla cuando, a petición de Slobodan, accede a ir por su guitarra. En Berlín, por estas fechas, amanece muy pronto, y son sólo las cuatro y media cuando los compases de Chaj shukarje traen a las calles la luz del día. Desayunamos en el hotel, donde Slobodan me presenta a una muy joven pareja -él, abogado; ella, violinista- de bondadoso y noble semblante.
 

Berlín, 24 de mayo de 2003

He dormido muy pocas horas cuando, pese a intuir que la luz no va a ayudarme tanto como la víspera, reemprendo cámara en mano mi peregrinaje fotográfico, que me ocupa casi todo el día. Luego, tras raudo paso por el hotel para cambiarme de ropa, tomo de nuevo el autobús 100 hacia la Haus der Kulturen. Cientos de familias -mayoritariamente, musulmanas- acampan con sus barbacoas en los parques de las inmediaciones.

Una de las artistas hoy en cartel es la joven de esta mañana, que toca varias piezas clásicas mano a mano con su padre, también violinista. Es por su porte, elegancia y firmeza musical una auténtica personificación de Sarasvatî. Tirón de otra índole es el de Olivera Markovitz, felina imponente, que nada por lo festero como pez en el agua.

Animados por la juerga de anoche, Slobodan, Cana y yo queremos más, y decidimos volver al mismo lugar. Paco con su familia y, luego, Regina y unas amigas se nos unen en la terraza del pub, en el que se echa en falta al gran Tornado. También nos acompaña la encantadora Adaleta Stanzer, colaboradora de Cana en Zagreb. Nina Gladitz, directora alemana que tocara por vez primera la candente cuestión de los gitanos utilizados en sus películas por Leni Riefensthal como mano de obra esclava, nos traduce en muy buen español e inglés las palabras de Regina, que sólo habla alemán. Sus padres, cuenta mientras saborea un Chivas, tenían un circo, en el que actuaba como equilibrista, y parece ser que fue su fenotipo blanco lo que la salvó de la muerte.

Cuando Paco y su familia se van, seguidos de Adaleta y un cansado Cana, quedamos los irreductibles. La segunda amiga de Regina está totalmente fascinada por Slobodan, aunque se finja escandalizada por sus maneras machistas y asiáticas, «poco atrayentes» para «las alemanas de mi generación, cazadoras de machos». Entretanto, Nina -uno de cuyos antepasados, nos dice, vivió en Egipto... ¡hace ochocientos años!- traduce para mí las profecías de Regina tocantes a mi vida amorosa. Los más importantes políticos griegos, me asevera, visitan a ésta para conocer sus vaticinios. No puedo evitar sentirme rodeado por la corte antroposofista de Anastasia en la Selva Negra.
 

Berlín, 25 de mayo de 2003

Apenas he dormido cuando dejo la habitación. La recepcionista me localiza en el mapa la Schumann Strasse, donde vivía Clara Peuthert y, con ella, Anastasia. Curiosamente, en todas las fuentes se afirma que su vivienda estaba cerca del zoo. De eso, nada. Está, sin embargo, muy cerca... ¡de la Friedrich Strasse! ¿Fue, pues, de allí -y no de ninguna pensión- de donde la Señorita No Identificada salió andando hacia el Canal Landwehr? El corazón vuelve a intensificar su latido a medida que me acerco al lugar... para morigerar su entusiasmo al constatar la reciente fecha de inauguración de la mayoría de los edificios de la calle. Descubro, sin embargo, en la fachada de un antiguo hospital o -tal vez- albergue para embarazadas sin posibles, la escultura de una mujer dando el pecho bajo el fresco de las hojas de dos árboles (¿el de la Vida y el de la Ciencia del Bien y del Mal?) y me pregunto si no se tratará de un mensaje en clave indicador de que, en efecto, un día de 1920 llegó a esa calle una madre soltera -la madre soltera en quien yo pienso- con su hijo...

Me dispongo a marcharme cuando, al detectar una anomalía en la numeración de los portales, sospecho que la calle continúa tras cruzar la perpendicular que la corta. En efecto. Al fin me encuentro ante el verdadero número 1 de Schumann Strasse, a su vez frente al complejo de edificios del Campus Charité Mitte. Y presenta todas las trazas de ser el bloque de viviendas obreras, mal construido, al que se refieren los biógrafos de Anastasia. Allí residió durante unos días con Clara. A ras del suelo se abre la entrada a un semisótano que perfectamente pudo ser la carbonería de la familia a cuya vivienda se trasladó temporalmente tras discutir con Clara. Es una finca agrietada, enferma, gris, a todas luces sin residentes y en la que, al acercarme al portero automático, constato que aún vivían hace poco dos vecinos de origen ruso: Montschilowitsch y Chichmanov Busch. Las obras en curso en el inmueble contiguo parecen anunciar su próximo derribo o rehabilitación. Siento como si hubiera llegado justo a tiempo.

El programa de la tarde tira de nuevo por lo clásico. Aburridos, Cana y yo preferimos hacer tertulia en la terraza del restaurante con Haliti y otros. Tras un piscolabis, junto a Sahin y un joven judío asistente a la Conferencia, nos unimos en el bar de enfrente del hotel a Petr -de Ucrania, que destapa una botella de buen vodka- y Valery Novoselsky, que, aunque nacido en Rusia, vive en Israel. No tarda en acercarse y pedir y tomar asiento un viajero, de paso por la ciudad para asistir a una conferencia de pueblos turcos. Gracias a los chingane, nos dice, se ha conservado el antiguo folklore turco. Es curiosa esa obsesión universal, rampante en todas partes, por presentar la música gitana como herencia de otros que nos habríamos limitado a conservar para ellos. Como si no tuviéramos otra cosa que hacer...
 

Berlín, 26 de mayo de 2003

«Nunca olvidar», reza en los carteles con la foto de Eichmann en Jerusalén exhibidos en casi cada parada de autobús. Ciertamente, no parecen los diseñadores del póster -lo bastante desmemoriados como para omitir toda mención del pueblo gitano entre los deportados al Este por el diligente funcionario del horror- los más cualificados para acusar de amnesia a nadie...

Saco fotos en la Schumann Strasse. Vuelvo al Landwehr. Debí tomar antes de irme más del Elisabeth, pero ya no tenía carrete...

En una tienda de antigüedades atendida por una gentil rubia compro tres billetes de banco emitidos en Rostov durante la guerra civil rusa y el programa de la Anastasia protagonizada por Lilli Palmer. Busco también fotografías y programas de la tía María, de sus funciones con Diaghílev, pero infructuosamente.
 

Madrid, 7 de octubre de 2003

El día comienza bajo buenos auspicios, pues me pagan de Más Allá, renuevo un empeño y recibo un paquete de libros de RBA y otro de Obelisco... El momento cumbre adviene cuando me acerco a la calle de Postas a saludar en su tienda a Javier Onrubia, requeté de Carlos Hugo, y, echando un vistazo a los programas de teatro, me salta a los ojos nada menos que el de la Anastasia de Irene López Heredia y María Dolores Pradera. Con dirección de Luis Escobar, la obra fue estrenada en el madrileño Eslava en la temporada de 1956, con Guillermo Marín en el papel interpretado por Yul Brynner en la película de Litvak.

Llamo a Simo, y me da una enorme alegría escucharle decir que está en su casa. Mañana iré a hacerle una visita.
 

Madrid, 31 de diciembre de 2003 (sueño)

Decido repentinamente viajar a Bulgaria para visitar en Gabarevo la tumba de la Anastasia apócrifa que allí reposa. Puedo, medito, ir a Turquía y tomar allí un autobús para que el viaje me salga más barato.
 

Allentown (pennsylvania), 14 de marzo de 2004

Me instalo a media tarde en Hoffman House, elegante residencia en el campus, junto a la sinagoga, pero en la que -lástima- no se permite fumar. La paranoia contra el tabaco que se ha desarrollado en este país es realmente patológica. Vuelvo para la cena a casa de José y Erika. Nos acompaña un amigo hondureño, Harry Maravilla, que en su país era meteorólogo. José prepara un arroz con camarón para chuparse los dedos.

He decidido que no tiene demasiado sentido viajar a Charlottesville, donde parece que no se guarda demasiado que digamos de los papeles de Manahan. Por lo demás, en el Daily Progress ni siquiera se dignaron contestar a mi carta. Decido, pues, ir a Boston a consultar en Harvard los papeles de Fallows. Están sin catalogar y no puede hacerse fotocopia de ellos, por lo que se requiere la presencia física del investigador.
 

Slippery rock (pennsylvania), 21 de marzo de 2004

Tomo el brunch con Tom Daddesio y su mujer, Eva. Escribo algo del artículo sobre el 11-M solicitado por Reforma [4] . Vamos luego al Monasterio de la Transfiguración, fundado en Ellwood City por la Madre Alexandra (nacida Princesa Ileana de Rumanía), curiosamente construido en madera, como la Catedral de la Transfiguración de Moscú. Según Ellen Kailing, la fregona de Ohio que irrumpiera en la vista oral de Charlottesville afirmando ser hija de la Gran Duquesa Anastasia y Henry de Reuss, habría sido precisamente la Madre Alexandra quien le reveló su «verdadera identidad». La monja, ya fallecida, había escrito para entonces varios libros sobre sus contactos con los mundos angélicos.

Una amabilísima monja nos muestra las principales dependencias: el templo, la biblioteca (R. K. Massie, Khruschev...)... Estamos, nos dice, en el monasterio femenino más antiguo del mundo (¿o del país?). Tom se interesa por la doctrina de la Transfiguración, que, como protestante, desconocía. Nos invita luego nuestra anfitriona a degustar un refresco y charlar un poco. Habla sobre la desunión de las iglesias bizantinas, que deberán solventar las jóvenes generaciones. Cuantas monjas viven aquí son americanas. Ella creció católica y después se integró en un grupo de cristianos New Age californianos, muchos de cuyos miembros -por influencia de un sacerdote ruso- terminaron ordenándose monjas y sacerdotes ortodoxos, o bien adhiriéndose -aunque como seglares- a la Iglesia Ortodoxa. Si bien no lo menciona, su historia transpira -o, al menos, sugiere- una temprana lectura de las obras de Guénon y, en especial, de Seraphim Rose (de quien tienen un libro en la biblioteca).

Acerca de Anastasia, dice que la Madre Alexandra la trató de niña. Y que no reconoció como tal a Anna Anderson (no menciona a Ellen Kailing). En realidad, la Madre Alexandra tenía en 1918 sólo nueve años, e incluso de haber conocido a la hija menor del Zar habría sido a edad demasiado tierna como para poder reconocerla tantos años después.

Compro una biografía de Sidney Gibbes, agente británico y preceptor del Zarevitch antes de su ordenación como pope. Cuando comienza la liturgia aromatizada con incienso y seguida sólo por tres monjas, dos aspirantes y un fiel, miro bajo mis pies la alfombra de seda que Nicolás II -sobre la pared, a mi izquierda, el icono de la canonizada Gran Duquesa Elisabeth- regalara en su boda a María de Rumanía, y pienso en lo mucho que a la Yaya le hubiera gustado visitar este lugar. Bueno... Sé que, de algún modo, no sólo ha sido ella quien me ha traído hasta él, sino que también ha venido conmigo.

Despedida de Tom y Eva. Es Deborah Cohen la encargada de llevarme a cenar y trasladarme hasta mi motel en Erie, próximo al aeropuerto donde mañana he de tomar mi vuelo a Boston, vía Pittsburgh.
 

Boston (Massachussets), 23 de marzo de 2004

Me siento mucho mejor después de devorar un T-Bone y constatar que el cajero funciona perfectamente y no tengo el menor problema para comprar un billete de tren. Llego encorbatado a la Houghton Library. Encuentro cosas interesantes entre los papeles de Fallows, aunque sólo me alcanza el tiempo para consultar media caja de las doce de que consta el legado. Incluye las fotos enseñadas a la enferma por Clara, fotos sobre todo de la familia imperial rusa con el Káiser en Riga, en 1910. Avalanchas de recortes de periódico. Correspondencia. Y está la transcripción de la evocación celebrada en julio de 1927, en la que la medium denotó machacona insistencia en ciertas respuestas:

-¿Es la persona a quien esto pertenece Anastasia Romanov?

-Estás loco.

(...)

-Pero, ¿con quién tenía que casarse? ¿Cómo se llamaba el hombre con quien debía casarse?

-Mentira y engaño la rodeaban. Se la enseñó a no traicionar nada.

-¿Qué no debía traicionar?

-Estás loco.

(...)

-¿Dónde está el padre del niño?

-Estás loco.

(...)

-Cuando la madre del niño fue a Berlín, ¿quién era su compañero?

-Mentira y engaño.

(...)

-¿Qué dos mujeres acompañaron a Anastasia Romanov de Rumanía a Berlín? ¿Maruschka?

-Mentira y engaño.

(...)

-¿Quién es la enferma? ¿Quién está allí?

-Mentira y engaño la rodean».

Y:

-¿Ha habido alguna vez una Franziska Schanzkowska?

-Hubo una.

-¿Dónde está?

-No la veo.

Al final de una carpeta, me topo con una nota de puño y letra de Fallows: Good luck! Un mensaje a todas luces de mi abuela... y del propio Fallows.

Compro una maleta, que sin duda cambiará mi perspectiva de los Estados Unidos. Haciendo tiempo para recoger un carrete dado a revelar, entro en un Dunkin Donuts. A la camarera, brasileña, le gusto, pero el novio vigila. Lo mío, está claro, son las camareras de Dunkin Donuts, las empleadas de Western Union y las chicas de los mostradores de información de las estaciones de autobuses y tren.

Paso gran parte de la noche redistribuyendo mi equipaje, ordenando las informaciones obtenidas por la mañana en la biblioteca y rematando el artículo.
 

Madrid, 3 de agosto de 2004

¿Y si hubiera sido sonámbula?
 


[1] Joaquín Albaicín es escritor, conferenciante y cronista de la vida artística. Entre sus libros se cuentan La serpiente terrenal (Anagrama, 1993), En pos del Sol: los gitanos en la historia, el mito y la leyenda (Obelisco) y El príncipe que ha de venir (Muchnik Editores). Es autor de la investigación más a fondo –aunque aún inédita- sobre el misterio de la Gran Duquesa Anastasia.

[2] El día que tuve este sueño, 18 de junio, era el cumpleaños de Anastasia. Habría cumplido exactamente 90 años.

[3] Kurth, Peter: «Un hombre joven se había presentado una mañana en el apartamento de Clara Peuthert, al parecer enviado allí por el personal del hospital Dalldorf. Donde Clara, el desconocido vio una fotografía de Anastasia y dijo: "Conozco a esa mujer". Entonces, rompió a llorar. En el reverso de la fotografía, escribió a lápiz las palabras: "Anastasia Nicolaievana... Alexandereva... Ivan... Alexev... Shorov... nac. Petersburgo" (The Riddle of Anna Anderson, Boston 1986). Cuando tuve el sueño, aún no conocía esta información.

[4] ALBAICÍN, Joaquín: «Atentos... La máscara está a punto de caer» (Reforma, México 28-III-2004).









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