Altar Mayor - Nº 96 (09)
Fecha Sábado, 06 noviembre a las 22:46:48
Tema Altar Mayor


REVISTA DE LA HERMANDAD DEL VALLE DE LOS CAÍDOS
Nº 96 – Noviembre-Diciembre de 2004

¿INTERÉS O DERECHO?
Por Edmundo Gelonch Villarino [1]

Hemos leído atentamente las argumentaciones en pro de alianzas internacionales fundadas en la comunidad o, al menos, en la coincidencia de intereses, para justificar decisiones de llevar la guerra a territorios extranjeros de países que, previamente, no nos habían agredido.

Nadie puede negar la existencia de intereses o conveniencias. Todas las guerras de conquista se han basado en este principio; todos los imperios -excepto el Imperio Español- se han construido por motivos -o móviles- imperialistas, o de conveniencia para el conquistador. Incluso es posible que algún tipo de dominación de un poderoso sobre un débil, sea de mutuo interés o beneficio: será excepcional, pero la objetividad histórica lleva a reconocer que Alejandro terminó beneficiando culturalmente al Medio Oriente, y Roma, derrotando a Cartago, benefició a todos, liberándolos de Mamón por dos mil años. Y los Reyes Católicos y los Austria, liberaron a los pueblos nativos de América, de muchas esclavitudes, morales, culturales y aún políticas [2]

En cambio, los Aliados reprocharon al nazismo una intención dominadora sobre pueblos que no tenían ningún interés en ser dominados. Y procuraron argumentar toda su intervención desde el Derecho, aunque fuera nada más que en el derecho positivo de los pactos o tratados internacionales aceptados. ¿Cual de estas políticas tiene fundamento antropológico, es decir, expresa mejor a la naturaleza humana, presente en todos los hombres, civilizados o salvajes, ricos o pobres?

Me parece que los primeros conflictos han de haber sido por motivos de interés: quedarse con las hembras del rebaño, disputar la presa o el potrero verde, impedir que orinen dentro del propio territorio. Todas las peleas animales que recuerdo, han sido causadas por el interés. Y de eso no está exento el hombre, en cuanto que también es animal. Y la ley es que la bestia grande devore a la bestia chica, la bestia astuta derrote a la bestia torpe, la mejor armada a la indefensa, etc. De ahí aquello de «la supervivencia del más apto» que, transpuesto a una concepción evolucionista del hombre, consecuentemente reduce todos los valores a los de la zoología: la fuerza, la rapidez para golpear, la capacidad de dañar, y la localización, la satisfacción de necesidades materiales comunes a hombres y bestias, etc. Pero si entre las bestias, el comportamiento bestial es natural, entre hombres lo natural es la conducta racional; y obrar como bestia es antinatural (aunque sea la moda).

Juzga Juan Pablo II [3], que el logro de Pacem in Terris ha sido plantear el tema de la Paz internacional en el terreno moral, en el campo de la Justicia y el Derecho. También lo había hecho elogiando la novedad de Populorum Progressio: «...al documento de Paulo VI hay que reconocer el mérito de haber señalado el carácter ético y cultural de la problemática del desarrollo y, asimismo, de la legitimidad y necesidad  de la intervención de la Iglesia en este campo» [4]

El campo ético, de la justicia y el derecho, de la conducta moral, es el terreno de la Razón y de la libertad. La Ley nace de la Razón, enseñaba Santo Tomás de Aquino; y deberes y derechos son efectos formales de la Ley que únicamente rige a seres libres. La conducta moral es el comportamiento consciente, libre y responsable, propio de la naturaleza espiritual o intelectual que, entre lo animales, está reservado en exclusiva a los humanos, únicos animales racionales (al menos los humanos de antes, porque desde el siglo XX y la New Age, el ideal parece que es llegar a ser irracionales, como canta alguna).

Una de las glorias hispánicas ha sido la fundación del Derecho Internacional Público en el Derecho Natural, y el máximo artífice y Maestro fue aquel dominico, el Padre Francisco de Vitoria. Pero no hay que olvidar que el desarrollo doctrinal de la escuela salmantina es una respuesta a la consulta del Emperador Don Carlos, quien debe asegurarse -ilustrando su conciencia moral, porque se juega la salvación del alma-, de que vasallos tan heroicos como Hernán Cortés no hagan en su nombre una guerra injusta, con perjuicio de inocentes. La Respuesta universitaria puede resumirse en el luminoso opúsculo De Indiis posterior sive de Jure Belli o Del Derecho de Guerra, en el que Fr. Francisco de Vitoria define para siempre la cuestión. Nótese que, tanto para el Monarca como para los teólogos, la guerra, más que un asunto de pura fuerza física, es una cuestión jurídica, de derecho; un tema moral, un acto de Justicia, por el que hay que responder a riesgo del destino eterno. De esta visión hispánica llega a hacerse eco un Shakespeare, en aquellas geniales escenas con las empieza el Acto IV de King Henry V, porque entonces España era el Imperio que civilizaba al mundo (hasta a los anglosajones, si hubiera sido posible). Por eso el Imperio Hispánico ha sido el último -y quizás el único- Estado Imperial de Derecho que el Cristianismo ha producido en la Historia Universal.

Salvando el caso de la defensa de la propia tierra frente a un ataque injusto, lo cual no requiere más justificación, y siguiendo la tradición tomista, para justificar una guerra ofensiva se exigen tres requisitos: la causa justa, la autoridad competente y la recta intención.

Vitoria descalifica como causas justas de guerra, «la diversidad de religión» [5], «el deseo de ensanchar el imperio» [6], y «la gloria o cualquiera otra ventaja del príncipe» [7]; pretextos los dos últimos, que hoy reduciríamos al «interés». Y concluye: «La única y sola causa justa de hacer las guerra es la injuria recibida» [8]

De donde no es lícito atacar primero a quien no me ha ofendido en aquello que tengo el deber de proteger. Puede haber injuriado a un tercero, pero si no recibo el daño en mí mismo o en quien debo cuidar, no puedo intervenir por falta de competencia. Por esto, en la Guerra de 1898, Norteamérica fingió lo del «Maine» para agredir a España, con la que no tenía conflicto de derechos, pero sí de intereses, por la ambición de colonizar a Cuba. Y en 1941, también fraguó lo de Pearl Harbour, para salvar al Comunismo en peligro. Si no hay una agresión contra un derecho verdadero, al menos hay que simular una agresión o injuria, sin lo cual la guerra no aparenta justificación posible.

Ni tampoco «basta una injuria cualquiera para declarar la guerra» [9]. La violación del derecho que hace al bien común, ha de ser, a más de injusta, «gravísima, consciente, deliberada y mantenida» según comenta el P. Guillermo Fraile O.P. Y entonces la guerra podría ser una sanción jurídica proporcionada, si no quedara otro medio para reparar el daño hecho al orden de la razón y la Justicia. Acabadas por ineficaces las razones, la guerra es la ultima ratio, pero razón al fin.

Si la posesión de armas de destrucción masiva fuera razón suficiente para ser castigado con una guerra, los primeros «estados delincuentes» que merecerían ser penados serían los EE.UU., Rusia, Gran Bretaña, Francia, y los otros miembros del exclusivo club nuclear. De ellos hay certeza que las poseen y utilizan.

En cuanto al requisito de autoridad competente, no existiendo una Autoridad temporal sobre todo el bien común universal con poder de castigar la injuria, es claro que el injusto agresor se pone, por su mismo crimen, en inferioridad y dependencia respecto de la víctima inocente a la que agredió [10] Por ello, la República injuriada adquiere autoridad para repeler el ataque y vengar la injuria. O sea que no hay autoridad competente para hacer la guerra defensiva, si previamente no se ha sufrido agresión injustificada, de parte del enemigo.

Por lo cual, no siendo caso de defensa contra el injusto agresor, quien inicie la guerra sin haber sido atacado, se constituye automáticamente en agresor injusto, otorgando al agredido todo el derecho y la autoridad para usar legítimamente cualquier  medio «que sea necesario para la defensa del bien público» [11], según el principio de proporcionalidad de la legítima defensa.

Una república que no ha sido injustamente agredida, carece absolutamente de toda autoridad y competencia frente a otros estados igualmente soberanos. La falta de autoridad competente sería así un aspecto para calificar a los actos violentos agresivos, contra autoridades, pueblo y bienes de otra nación, como actos de terrorismo, de similar calidad jurídica a la de los cometidos por organizaciones clandestinas y, por eso mismo, carentes de autoridad [12]

Distinto sería si el acto violento fuera realizado por las autoridades o el pueblo de un estado injustamente agredido y ocupado, contra el agresor ocupante, nunca contra terceros inocentes. Eso no sería terrorismo, como no lo fue la guerrilla española contra la ocupación napoleónica. Y para eso no hace falta la «autoridad competente», porque en guerra para defensa de lo suyo y de la propia tierra invadida, que se hace contra el ocupante extranjero, «cualquiera, aunque sea un simple particular, puede tomar a su cargo y hacer la guerra defensiva» [13], como lo hiciera el pueblo español contra los franceses invasores.

Y la recta intención que hace lícita la guerra, no puede ser otra que la reparación del derecho conculcado, la restauración del orden moral justo,que llamamos Paz. Menos aún, aunque hubiera justa causa para llevar a otro país la guerra, podría serlo con intención de «deponer a los príncipes enemigos, y poner en su lugar a otros, o bien retener para sí el gobierno» a menos que «fuera inminente un gran peligro para la república» [14] que hace la guerra. Y, como el mismo Vitoria demuestra en otra relección, la De Indiis prior, son legítimos los soberanos de los bárbaros, y no han de ser privados de dominio, ni por ser tiranos, ni por infieles, ni por crímenes («hallarse en pecado mortal»), u otra causa que no trascienda su república ni afecte al Bien Común universal o, por lo menos, al de otro país agredido injustamente, el cual, sólo entonces, tendría derecho a guerrear.

España conquistó para el mundo, a través de la doctrina del genial Francisco de Vitoria, de la autoridad de Don Carlos y de Don Felipe el Segundo, que plantear la licitud de una guerra en otro plano que en el ámbito del Derecho, es retrotraer las relaciones y conflictos internacionales a la pura sinrazón del interés, plenamente válido entre bestias irracionales, pero indigno de los seres humanos por contrario a su naturaleza espiritual.

Rindamos justo homenaje a esa  gloria de España, hoy olvidada.
 


[1] Edmundo Gelonch Villarino es Licenciado en Filosofía por la Universidad de Córdoba, Argentina, y exprfesor de programas de postgrado.

[2] Todos sabemos que las tribus dominadas por los Aztecas eran la reserva de proteínas para la alimentación más equilibrada de los mexicanos. Eso explica que los oprimidos se unieran al Libertador Cortés contra los opresores antropófagos.

[3] Cfr.: Pacem in terris: una tarea permanente. Mensaje para la Jornada Mundial de la Paz, 1º de enero de 2003.

[4] Sollicitudo rei socialis, nº 8.

[5] De Indiis posterior sive de Jure Belli, nº 10.

[6] Op. cit. Nº 11.

[7] Op. cit. Nº 12.

[8] Op. cit. Nº 13.

[9] Op. cit. Nº 14.

[10] Porque el culpable es inferior al inocente, se subordina el agresor a la víctima y el deudor al acreedor.

[11] Op. cit. Nª 15.

[12] Más que en el carácter de no oficial, secreto o clandestino, de la organización combatiente, el terrorismo consiste, me parece, en que pretende doblegar la voluntad de un oponente, merced al acto violento por el cual se destruyen bienes o vidas de terceros inocentes, como muestra de poder inescrupuloso. Por eso es crimen. Y si así fuera, cabría calificar de terrorista, V.Gr., a los ataques aéreos sobre Dresde o a los bombardeos atómicos de Hiroshima y Nagasaki.

[13] Op. cit. Nº 3.

[14] Op. cit. Nº 58 y 59.









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