Altar Mayor - Nº 96 (08)
Fecha Sábado, 06 noviembre a las 22:47:54
Tema Altar Mayor


REVISTA DE LA HERMANDAD DEL VALLE DE LOS CAÍDOS
Nº 96 – Noviembre-Diciembre de 2004

NUESTRA SEÑORA DE GUADALUPE Y LA UNIDAD IBEROAMERICANA
Por Jorge Solivella [1]

La presencia de la Virgen en Zaragoza (Nuestra Señora del Pilar) en época de la predicación del Apóstol Santiago y, luego, hasta nuestros días en diversas Apariciones, nos convence de que la Madre de Dios ha estado siempre ligada a la cristianización de España y de su prolongación en Occidente. Así presidió la aventura colombina desde la nave capitana la «Santa María» y en la devoción del descubridor Cristóbal (el que lleva a Cristo); y otros exploradores como Hernando de Magallanes, se advierte una asistencia espiritual especial, que se mantuvo durante toda la gesta hispánica.

La Virgen, a poco de iniciarse la conquista de México, se apareció al nativo Juan Diego en el cerro Tepeyac, próximo a la ciudad capital, y selló con su manto maternal la convivencia de indígenas y españoles, sin lo cual no podría explicarse el portento de que un puñado de hombres pudieran dominar a un Imperio y asentarse con fortuna allí.
 

Las fuentes

La crónica de lo ocurrido fue escrita primero por Antonio Valeriano sobre mediados del siglo XVI, en lengua náhuatl, narración conocida por las primeras palabras de su título: Nican Mopohua («En orden y concierto»). A ese relato de las Apariciones bien pronto le fue añadida la Descripción de la Imagen, compuesta, tal vez, por el mismo Valeriano, como epílogo de su trabajo. El noble indio fue de los primeros alumnos del Colegio de Santiago Tlaltelolco y luego alcanzó altos cargos en la magistratura civil indígena. Su muerte (en 1605) fue sentida y llorada por toda la ciudad, con cuya ocasión el manuscrito pasó a poder de D. Fernando de Alva Ixtlilxochitl, descendiente de los reyes de Texcoco. Mientras tanto, la devoción a Nuestra Señora de Guadalupe (como pronto la Virgen fue llamada) se extendía. Formada su cofradía, un mejor templo reemplazó a la capilla inicial, gracias a los cuidados del arzobispo Alonso de Montúfar, OP. Por esa época (1556) es probable que se haya retocado el manto de la Virgen en su parte inferior, maltratado por las manos de los fieles, introduciendo así en la textura milagrosa, la obra humana. Jesús García Gutiérrez en su Primer siglo guadalupano (1531-1648) guarda la memoria de la devoción popular de la época. Es importante reconocer al Nican Mopohua como una poesía autóctona, llena de figuras y simbolismos propios de esa raza y cultura, para alcanzar toda su riqueza.

Imagen y relatos concuerdan. Estamos frente a un códice, un testimonio sobrenatural que hay que interpretar en toda su hondura, convencidos de su autenticidad. Dichas páginas y la estampa deben ser leídas con sencillez de niño para advertir la misericordia y el amor de Dios expresados a través de María nuestra Madre. En su manto, por ejemplo, se han determinado las constelaciones presentes el 12 de diciembre de 1531; más abajo hablaremos de sus ojos y otros detalles. La imagen es, pues, un mensaje impreso en un ayate, que los indios pudieron entender.
 

Los hechos

Comenzado ese mes de diciembre, el indio Juan Diego fue sorprendido por un hermoso cantar de pájaros, extraño en invierno y en esos parajes inhóspitos y agrestes; en el cerro Tonantzin, dedicado por la tradición indígena a la «Madre». Una voz lo llamó:

-Juanito, Juan Dieguito.

Este trepó presuroso el cerro y encontró una Señora de gran belleza, con su vestidura radiante como el sol, la roca donde posaba sus pies llena de resplandores y la tierra de colores. Estaba preñada de sol.

Ella le dijo: -Juanito, el más pequeño de mis hijos, ¿a dónde vas?

Él respondió: -Señora y Niña mía, tengo que llegar a tu casa de México-Tlatelolco a aprender las cosas divinas que nos enseñan nuestros sacerdotes, delegados de Dios, nuestro Señor.

Entonces, Ella prosiguió: -Sabe y ten entendido, tú el más pequeño de mis hijos, que yo soy la siempre Virgen María, Madre del verdadero Dios por quien se vive; del Creador en quien está todo cuanto existe, Señor del Cielo y de la tierra».

–Y ¡qué se te ofrece mi Niña?–  respondió Juan Diego.

–Deseo vivamente que se me construya aquí un templo, para en él mostrar todo mi amor y dar a todos ustedes mi compasión, auxilio y defensa, pues yo soy vuestra piadosa madre. Desde aquí quiero atender a ti y a todos los moradores de esta tierra; a todos los que me amen, invoquen y a quienes en mí confíen. Yo escucharé sus clamores, remediaré todas sus miserias y aliviaré sus penas y dolores.

- ¡Qué bueno Señora mía!– contestó Juan Diego.

Y prosiguió la Virgen: -Y para realizar lo que mi clemencia pretende, ve al palacio del Señor Obispo de México y dile que yo te envío a manifestarle mi deseo: Quiero que aquí, en este mismo lugar, me edifiquen un templo.

Como su interlocutor, extasiado, no se moviera, la Virgen lo urgió: -Anda ve pronto, cuéntale fielmente al Señor Obispo lo que has visto y admirado y cuanto has oído que te he dicho

-Ya voy mi Niña y Señora– respondió Juan Diego.

–Ten por seguro que te lo agradeceré y te pagaré bien; porque te haré feliz y merecerás tu recompensa por el trabajo y fatiga que ocasione lo que yo te encomiendo. Anda, ve y pon todo tu esfuerzo- concluyó la Aparición.
 

La simbiosis

-Anda a decir al Obispo...- ordenó María.

Y él respondió: -Me mandas por lugares por donde yo no ando.

Tanto el nombre de Juan Diego como el mensaje guadalupano nos remiten al símbolo de la voz y la palabra. Las raíces náhoas del nombre indígena nos indican que Juan Diego desempeñaba un papel de comunicación en la comunidad, que luego perdiera ante la llegada de los españoles. María se acerca al pueblo y le devuelve la voz. Entonces el indio reunió todas sus fuerzas para decir: -Señora mía, ya voy a cumplir tu mandato; por ahora me despido de ti, yo, tu  humilde servidor.

–Tienes que ser tu mismo, esa es mi voluntad– agregó la Virgen.

¿Acaso no hubiese podido realizarse el milagro por caminos más cortos? ¿No hubiese podido la Virgen aparecerse directamente al Obispo? Pero no, tenía que ser el indígena el que recuperara la voz y con ella su dignidad y sus derechos, con ese primer ejercicio del derecho a la comunicación, a la opinión y a que se le escuche; y en particular se dirige a los mestizos, a la nueva raza de América, a los más desprotegidos, a los que tienen alguna espina en el alma. La evangelización fundacional llega a los pueblos nativos principalmente por vía de los misioneros. El mensaje de Cristo Jesús viene a sustituir las antiguas tradiciones toltecas, náhoas y méxicas por el injerto de una civilización hasta allí extraña, pero que da al natural la oportunidad de estudiar, cultivar su arte y expresarse con el canto y la música y respetar su amor a la naturaleza. Llama la atención lo bien que aprenden y la habilidad en artes y oficios y aún más, la religiosidad propuesta, tiene resonancias con la aprendida en las escuelas prehispánicas.
 

La insistencia humilde

Luego de larga espera, consiguió Juan Diego llegar a la presencia del Obispo para darle el mensaje de la «Señora del Cielo». Después de haberlo escuchado atentamente el franciscano Juan de Zumárraga le contestó:

-Vete tranquilo, otro día vendrás y te oiré más detenidamente, analizaré todo desde el principio y pensaré en la voluntad y deseo de la Señora que te envía.

Cuauhtlatoatzin (el águila que habla), el nombre autóctono de Juan Diego por haber nacido en 1474 en Cuautitlán (lugar de águilas), partió triste al encuentro de su tío Juan Bernardino, con quién moraba, en Tulpetlac, porque advirtió que no había logrado cumplir con los propósitos de la Señora.

Ese mismo día se encaminó hacia la cumbre del Tepeyac y se reencontró con Ella:

-Señora y Niña mía, la más pequeña de mis hijas, fui a donde me enviaste a cumplir tu mandato y aunque con dificultad, entré hasta la presencia del Prelado, y en cuanto lo vi, le expuse tu mensaje, tal cual me lo indicaste. Me recibió amablemente y oyó con atención, pero en cuanto me respondió me di cuenta de que no me creyó y piensa que es invención mía... Te ruego encarecidamente, Señora y Niña mía, que encargues de llevar tu mensaje a uno de los principales, que sea conocido y respetado, para que le crean, porque yo soy un hombrecillo insignificante, un cordel, una escalera de tablas, soy cola, hoja, gente menuda y tu mi Niña, me envías por caminos por donde yo no ando y a lugares en los que no me paro... Perdóname, Niña mía, que te cause pesadumbre, no te enojes conmigo...

La Virgen le respondió: -Oye hijo mío, el más pequeño, ten entendido que son muchos mis servidores a quienes puedo encargar lleven mi mensaje para que se cumpla mi voluntad; pero yo quiero que seas tu mismo quien solicites esto y ayudes a realizarlo, pues quiero que con tu mediación se cumpla mi voluntad. Mucho te ruego, hijo mío, el más pequeño, y con rigor te mando, que mañana vayas otra vez a ver al Obispo de mi parte y de mi nombre hazle saber por entero mi voluntad; dile que ponga por obra el templo que le pido. Otra vez dile que yo, en persona, la siempre Virgen Santa María, Madre de Dios, te envía.

Viendo que no había forma de evadir el compromiso, Juan Diego respondió: -Señora y Niña mía, no te cause yo aflicción, de muy buena gana iré de nuevo a cumplir tu mandato; por nada dejaré de hacerlo, ni tengo por penoso el camino. Iré a hacer tu voluntad aunque no sé si seré oído con agrado o si el Obispo me creerá o me escuchará.

A la mañana siguiente (domingo) después de misa, se presentó nuevamente ante el Prelado y expuso con prolijidad todos los detalles del suceso. El Obispo le respondió que no sólo por su información y solicitud se habría de hacer lo que pedía, sino que era muy necesaria alguna señal para que se le pudiera creer que quien lo enviaba era la misma Señora del Cielo. Oído esto, Juan Diego volvió al Tepeyac y encontrando a la Señora siempre en el mismo lugar y expuesto lo ocurrido, ésta le contestó: -Está bien, hijo mío, volverás aquí mañana para que lleves al Obispo la señal que te pide... Y sabe hijito mío, que yo te pagaré tu esfuerzo, el trabajo y cansancio que por mí has emprendido. Vete ahora, aquí te aguardo mañana.

Pero al llegar a su casa, encontró a su tío muy enfermo y al día siguiente (lunes) partió en busca de un sacerdote a solicitud del moribundo, procurando eludir el encuentro con la Señora del Tepeyac.

Pero Ella salió a su paso: -Qué hay, hijo, el más pequeño, ¿a dónde vas?

Ante esta cuarta Aparición, Juan Diego replicó: -Señora y Niña mía: voy a causarte aflicción; sabe que está muy malo un pobre siervo tuyo, mi tío, le ha dado la peste y está para morir. Ahora voy presuroso a tu casa de México a llamar uno de los sacerdotes de Nuestro Señor, que vaya a confesarle y prepararle, porque ya se sabe, desde que nacemos venimos a este mundo a aguardar el trabajo de nuestra muerte. Pero si voy a hacerlo, volveré luego otra vez aquí para ir a llevar tu mensaje y la señal que pide el Obispo, tenme paciencia, no te engaño, mañana vendré a toda prisa...

La Señora entonces lo calmó: -Oye y ten entendido, hijo mío el más pequeño, que es nada lo que te asusta y aflige, no se turbe tu corazón, no temas esa enfermedad, ni otra alguna: ¿No estoy yo aquí que soy tu madre? ¿No estás bajo mi sombra? ¿No soy yo tu salud? ¿No estás por ventura en mi regazo? ¿Qué más has menester? No te apene ni inquiete ninguna otra cosa. No te aflijas por la enfermedad de tu tío, que no morirá ahora de ella; está seguro que ya sanó– con lo cual Juan Diego se alegro mucho y le rogó lo enviara cuanto antes al Obispo con la señal pedida.

La Señora del Cielo entonces le ordenó: -Sube hijo mío el más pequeño, a la cumbre del cerro, allí donde me viste y hallarás diferentes flores; córtalas, recógelas y enseguida baja a mi presencia.

María se manifestaba así en el propio lenguaje de sus hijos: flor y canto; flor que adorna y embellece nuestro mundo y da sentido sensible a lo que palpita invisible; canto, que es palabra de amor, arrullo y oración, que nace inspirada en lo profundo del ser y sube al cielo.

Al punto ascendió Juan Diego al cerro, y cuando llegó a la cumbre, se asombró mucho de ver brotadas tantas variadas y exquisitas rosas de Castilla, en medio del hielo. Las cortó y puso en su regazo, contenidas por su tilma (pobre tejido de fibra de maguey o ayate con que se cubría). Corrió al encuentro de la Señora quien tomó las rosas y las acomodó nuevamente en dicha prenda, diciéndole: -Hijo mío, el más pequeño, esta diversidad de rosas es la prueba y señal que llevarás al Obispo. Le dirás en mi nombre, que en ellas vea mi voluntad y que él tiene que cumplirla. Tú eres mi embajador, muy digno de confianza. Te ordeno que sólo delante del Obispo despliegues tu manta y descubras lo que llevas. Contarás bien todo; dirás que te mandé subir a la cumbre del cerro, que fueras a cortar flores, le dirás todo lo que viste y admiraste, para que puedas convencer al Prelado a que dé su ayuda, con objeto que se construya el templo que he pedido.

Así lo hizo Juan Diego, y al desarrollar su manta aparecieron no sólo las rosas  sino también la imagen de Nuestra Señora la siempre Virgen María: una jovencita mestiza con vestiduras de princesa y manto salpicado de estrellas, milagrosamente impresa en el ayate. El cauto Obispo no dudó en reconocer en aquella imagen una manifestación de Dios que se le presentaba en forma tan evidente. Desde ese día cambió su actitud y comenzó a cumplir los deseos de la Señora y a amparar a los naturales contra los excesos de los conquistadores.
 

La difusión de su veneración

Hacia fines del siglo XVI ya se había erigido la Parroquia y se encontraba en construcción un templo más amplio. Fernando de Alva incorporó al manuscrito trece relatos breves de favores recibidos por intercesión de la Virgen; más la manda testamentaria de Don Francisco, Señor de Teotihuacan, del 2/3/1573; y una semblanza espiritual de Juan Diego, muerto en 1548 con fama de santidad, agregados que se conocen como Relación de los Milagros o Nicán Motecpana. Estas dos joyas nativas fueron dadas a la imprenta, siempre en lengua náhuatl, en 1649, por el bachiller Luis Lasso de la Vega, con el título de su comienzo: Huei Tlamahuizoltica. Aparece, en ese mismo tiempo, la versión española de los citados textos, que se impusieron por su mayor fidelidad sobre otros que corrieron en la época. En la segunda mitad del siglo XVII, el erudito Carlos de Sigüenza y Góngora, eximio en antigüedades mexicanas, declara bajo juramento que posee el manuscrito original de puño y letra de Valeriano, pieza testimonial que certifica la veracidad de esta fuente, desaparecida al presente.

En el año 1663, Diego Osorio de Escobar, obispo de Puebla, pide al Papa Alejandro VI la declaración de día festivo y un oficio propio para el l2 de diciembre de cada año. La Sagrada Congregación de Ritos, en respuesta, solicita una información completa sobre el particular con indicación de interrogatorios para los testigos. El once de diciembre de 1665, se constituyó el Tribunal Eclesiástico para presidir el proceso y en el mes siguiente se recibieron las primeras declaraciones: Marcos Pacheco, mestizo de 80 años; y los indios: Gabriel Juárez, de 110 años, Andrés Juan, de 112 ó 115 años; Juana de la Concepción, de 85 años, hija de cacique; Pablo Juárez, de 78 años, Gobernador de los naturales de Cuautitlán, nieto de Justina Cananea que conoció a Juan Diego y a su esposa María Lucía; Martín de San Luis (80 años); Juan Juárez, de 100 años; Catarina Mónica de la misma edad, que refirió lo oído de sus padres y tía que trataron a Juan Diego; todos ellos testigos competentes y acreditados por sus funciones en la comunidad. Luego, se continuó la información en la ciudad de México (febrero y marzo) y se tomó declaración a doce españoles y mexicanos igualmente calificados para el caso.

Se agregó el examen de la imagen practicado por maestros de pintura (Juan Salguero, Tomás Conrado, López de Ávalos, Nicolás de Fuenlabrada, Nicolás de Angulo, Juan Sánchez y Alonso de Zárate) que dictaminaron contestes que era imposible fuera obra humana, contrastando su hechura limpia, primorosa, bien formada con su soporte en la tosca tilma. Se expidió entonces el Protomedicato de la ciudad de México, formado por tres catedráticos y el decano de la universidad, declarando que no existía explicación física respecto de la conservación del ayate por más de 134 años, que naturalmente ya debiera haberse destruido. A todo ello, el canónigo. Siles incorporó dos párrafos de la obra del P. Juan E. Nieremberg, SJ, referidos a la tradición guadalupana. El presbítero Lic. Luis Becerra Tanco agregó también sus propias investigaciones que corroboraban lo actuado, con dichos de quienes conocieron a contemporáneos del milagro. El fiscal Sgo. Surricalday aprobó lo obrado y remitió todo a Roma con la recomendación favorable del Cabildo de la ciudad de México.
 

Nuevos estudios

Pero en Roma no se instó el proceso. Recién en 1721, el bachiller José de Lizardi y Valle suplicó al Arzobispo Lanciego y Eguilaz, OSB, se reanudase la gestión y éste dispuso nuevas informaciones con testigos y expertos. Declaró fray Antonio Margil de Jesús, OFM, quien sostuvo que «la misericordia del Altísimo envió del cielo esta imagen de su Santísima Madre [...] para que defienda este nuevo mundo y lo conserve en crédito y aumento de la exaltación de la Santa Fe Católica». Veintisiete años después, el tenaz bachiller Lizardi proseguía su propósito... Así en 1751 una Comisión de cuatro pintores, presidida por el afamado Miguel Cabrera, observó con detenimiento y sin cristal, la imagen. Sus conclusiones fueron que era maravillosa la duración del ayate (255 años entonces); bien lograda la proporción de la figura (una joven de 15 años); la pintura parecía reunir técnicas del óleo (cabeza y manos), temple (túnica, ángel y nubes), manto al aguazo y campo labrado al temple, en admirable combinación, imposible de realizar por un mismo artista; además el oro estaba incorporado a la trama, como si se hubiera dorado la fibra. Los expertos admiran el relieve del rostro, en particular; y por todo ello, concluían en su convicción de que se trataba de una pieza sobrenatural.

En 1951 el dibujante Carlos Salinas llamó la atención sobre la presencia de una imagen en los ojos de la Virgen. Médicos y oculistas confirmaron su apreciación y con la ayuda del oftalmoscopio constataron fenómenos no advertidos antes, que merecieron estudios que aún perduran. En 1958 se expidió el Dr. Torija-Lavoignet; en 1976 los profesores Sodi-Pallares y Palacios, que de paso recuerdan los análisis químicos del Dr. Ricardo Kuhn en 1936 que llegó a la conclusión de que no se encuentran en la imagen colorantes conocidos (ni vegetales, minerales, o animales). Más tarde, a su turno, el examen por computadora (técnica de la fotografía satelital computarizada: 27.778 cuadritos por milímetro cuadrado) permitió al Dr. José Aste en 1981, descubrir en los ojos de María figuras humanas con atuendos españoles e indígenas que responderían a la escena que se desarrolló frente a la Virgen, cuando Juan Diego desarrolló la tilma y quedó estampada la imagen milagrosa en forma instantánea. La escena reflejada concuerda exactamente con el relato histórico y se presenta en los ojos de la imagen en posición, ángulo y tamaños propios de una persona viva, apreciables hoy gracias a técnicas actuales. También los científicos Callahan y Smith realizaron un estudio analítico al infrarrojo, y así distinguieron añadidos o retoques humanos, pero lo principal de la imagen, sin explicación natural posible. Las investigaciones continúan de modo que podemos esperar nuevas revelaciones.
 

Santa María de Guadalupe e Iberoamérica

María de Guadalupe es, pues, luz, flor y canto, salud y vida, elevación y dignidad. Ella da libertad al oprimido y cada día nos da a luz a Jesús, y de ella nació la nueva raza mestiza, como buena Madre que es. María cumple la voluntad de Dios: que nos reconozcamos como hermanos. 

La fuerza de una sociedad reside en su unidad (los hermanos sean unidos, esa es la ley primera, canta nuestro bardo nacional). Y América es la tierra de la Esperanza y de lo hóspito (Alberto Buela). María quiso tener su casa para recibir a sus hijos, la cual fue conocida popularmente como la Iglesia de los Indios en sus comienzos, hasta la construcción actual inaugurada el 12 de octubre de 1976. Por eso Pío X la proclamó en 1910 Reina de México y Patrona de América Latina, reconociendo que la fundación de la actual América es obra mariana, como lo destaca Alberto Caturelli. El pictograma del ayate indio lo dice para los ojos de sus hijos: María, madre y virgen, delante del sol (Cristo) significa que por Ella la salud se introduce en la humanidad. Cristo se encarna  en el vientre de María para levantar hasta Dios nuestra naturaleza caída. Y no sólo realiza la portentosa obra, sino que permanece al lado de sus hijos como ayer fue en Zaragoza (Nuestra Señora del Pilar) y en América en el cerro Tepeyac; por eso es reconocida como estrella de la evangelización desde los comienzos de ésta y Juan Diego aparece como el profeta de la infancia espiritual de los habitantes del Continente. Hermanados detrás de la imagen milagrosa de María podrá verse, desde entonces, a Hernán Cortés acompañado con la nobleza indígena, en el Templo de México. Esta predilección de la Madre que con sus manos juntas ora por nosotros, nos impone la condigna respuesta por parte de sus devotos, pues con Ella nace la historia para Iberoamérica, desmitificando idolatrías y generando una cultura nueva en base a una piedad popular que Ella preside. En tal sentido, María es doblemente cristófora pues llevó a Cristo en su vientre y, luego, lo presenta a sus hijos americanos en los diversos santuarios existentes a lo largo de todo el Continente. Debemos poner por obra en nuestro tiempo la exhortación de San Pablo: «toda la creación espera ansiosamente la revelación de los hijos de Dios» (Rom 8,19) y así asumir el compromiso mariano y sostener con firmeza un programa de vida  que identifique a nuestros pueblos.

Recordemos que la acción de la Iglesia logró en épocas históricas afirmar una Cristiandad como realidad temporal del obrar socio-político de los fieles y, en tal acontecer, España fue campeona durante los siglos XVI y XVII, gracias al sentido misional de la Corona española y la convicción de que en el plano ontológico y moral la sociedad humana no puede considerarse ajena a Dios. San Pablo lo recuerda: «por Cristo todas las cosas fueron hechas» (Col. 1,16) y Ramón Menéndez Pidal resalta el sentido de la política de Carlos V para constituir la familia de reinos cristianos. Por ello, es urgente retomar ese impulso creador, a cargo, por lo pronto de los que se sientan herederos de aquellas glorias y servidores de la verdad. Alberto Caturelli denomina a este esfuerzo «el Quinto viaje de Colón», esta vez, de América a Europa, pues el hispanismo se ha refugiado en nuestras tierras, como lo vio Pemán y lo cantó Rubén Darío. El cristianismo siempre subsiste en las catacumbas de la oración confiada y oculta y esperamos que, como surge la semilla desde la oscuridad y «muerte» de la tierra, así reflorezca una y otra vez, desde la profundidad de los corazones y por la Gracia que nos alcance Nuestra Señora y Reina.
 

Bibliografía

ALCALÁ ALVARADO, Alvarado: Nuestra Señora de América (CELAM). Bogotá, Colombia, 1988; en especial: Santuario de Guadalupe (La Sagrada imagen y las ciencias). Tomo. II, pág. 7.

SÁNCHEZ, Hna. María Belén: Santa María de Guadalupe. San Pablo, 1996.

CATURELLI, Alberto: El Nuevo Mundo. Edamex, México, 1991.

MENÉNDEZ PIDAL, Ramón: La idea imperial de Carlos Quinto.

MAEZTU, Ramiro de: Defensa de la Hispanidad.
 


[1] Jorge Solivella es presidente del Instituto Argentino de Cultura Hispánica, Rawson-Trelew, Argentina.









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