Altar Mayor - Nº 96 (07)
Fecha Sábado, 06 noviembre a las 22:49:03
Tema Altar Mayor


REVISTA DE LA HERMANDAD DEL VALLE DE LOS CAÍDOS
Nº 96 – Noviembre-Diciembre de 2004

DOS VIDAS ENCONTRADAS: LUYS SANTA MARINA Y MAX AUB
Por José Luis Gordillo Courcières [1]

Luis Narciso Gregorio Gutiérrez Santa Marina (Luys Santa Marina), nacido el 5 de enero de 1898, en Colindres (Santander), de José y Juana, cántabros ambos. Cuatro hermanos; uno varón, José María. Residente en Barcelona desde 1925. Escritor. Ingresado en Falange Española de las JONS en 1933, y Jefe de la Falange catalana en 1934. Fallecido en Barcelona la noche del 14 al 15 de septiembre de 1980.

Maximilien Aub Mohrenwitz (Max Aub), nacido el 2 de junio de 1903 en París, de Fiedrich, alemán, y Suzanne, francesa; ambos de origen judío. Una hermana: Magda. Residente en Valencia desde 1914, por huida de Francia la familia, con motivo de la Guerra Europea. Viajante de Comercio y Escritor. Nacionalizado español en 1924. Ingresado en el PSOE en 1928. Fallecido en Ciudad de Méjico el 22 de julio de 1972.
 

Imposible deducir de esas concisas dos papeletas cuánta vida llegaron a compartir ambos hombres. Santa Marina y Aub se trataron muy cordialmente; sus distintas ideologías políticas no turbaron aquella camaradería; fueron tan amigos como para crear, con otro par de escritores (Félix Ros y José Jurado), una revista literaria; Aub intentó durante varios años -lo confesó él mismo- seguir el estilo de Santa Marina[2]; Max escribió sobre Luys -sobre todo en dos libros, Campo cerrado y La gallina ciega- muchas exactitudes biográficas, aunque también bastantes acontecimientos imaginarios; perdido el contacto desde el verano de 1936, volvieron a verse en 1969... En fin, les fueron aplicables casi todos los significados, por activa o pasiva, del verbo encontrar; y de ahí el título escogido para el presente artículo.

La constante obligación viajera que se daba en la profesión comercial de Max Aub, con ausencias del hogar durante varios meses al año, le retendría muchas veces en Barcelona entre 1929 y 1935; y la afición literaria le hizo conocer pronto las tertulias catalanas -las vespertinas y las nocturnas-, tanto culturales como políticas. A las alturas de 1932, Luys tiene ya publicados varios libros: el  famoso Tras el águila del César (1924); Tetramorfos  (1927); Labras heráldicas montañesas (1928); Vida de Isabel la Católica (1928);  Vida de Juana de Arco (1929); Estampas de Zurbarán (1929), en la que colabora con su gran amigo el arquitecto Andrés Manuel Calzada Echeverría; y tiene en prensa su notable obra Cisneros (1933). A Max Aub, aparte artículos, se le conocen dos o tres libros: uno de versos, Los poemas cotidianos (1925), ¿con modesta tirada de cincuenta ejemplares?; un conjunto de breves trabajos teatrales reunidos bajo el título Teatro incompleto (1931); y en cuanto a Fábula verde (200 ejemplares) se discute si fue publicado en 1932 ó 1933. Antes que en un volumen de 1934, su primera obra narrativa, Luis Álvarez Petreña, aparecerá por entregas durante 1932, 1933 y 1934, en dieciséis números sucesivos de la revista literaria catalana Azor fundada por los amigos Luys Santa Marina, Félix Ros, José Jurado Morales, y el propio Max Aub. En cuanto a la obra Geografía, de la que escribió ya fragmentos, no ha de publicarse completa hasta una treintena de años después.

Aproximadamente a partir de 1934-1935, como tengo expreso[3], Luys va a escribir poco. Se ocupa de reclutar y adoctrinar hombres para la Falange de Barcelona. Es más, ha abandonado su paciente tarea de fichar miles de expresiones de los siglos XVI y XVII, muñéndolas en textos de la magnífica biblioteca que reunió en el piso tercero de la modesta vivienda  en el número 11 de la calle Fernando. Pronto le será expoliada toda aquella riqueza: volúmenes, fichas, y borradores de nuevas obras.

Tras el golpe socialista de octubre de 1934 ya se ha abierto la puerta a lo que va a pasar en España. El 19 de julio de 1936, Luys y las tres centurias falangistas incompletas se integran en la columna del capitán de Infantería Enrique López Belda, que ocupará las Dependencias Militares y Capitanía. Los  combates callejeros duran hasta las cuatro y media de la tarde, cuando son vencidos. Santa Marina no está entre los cadáveres; pero pocos días después será capturado. Lo condenarán a muerte tres veces «por delito de rebelión militar»; las dos primeras (22 de diciembre de 1936 y 14 de abril de 1937) conmutadas por treinta años de reclusión, la tercera (31 de mayo de 1938) evitada por suerte y labia. En las salvaciones fue decisiva la influencia de sus amigos intelectuales catalanes; y no menos su confraternidad con el poderoso anarquismo de Barcelona. Sólo se escaparía de su último encierro, la Cárcel Modelo de Valencia, para tomar la ciudad, al mando de la quinta columna valenciana.

Resumiendo: menos el principio y el fin, toda la existencia de Luys durante la guerra no es sino una larga procesión entre encierros de distintas estaciones: el barco prisión Uruguay, el castillo de Montjuïc, la Cárcel Modelo de Barcelona, la Presó de Càstig de Sabadell (a la que fue como represalia por haber cantado el Cara al Sol cuando le comunicaron la segunda de las penas de muerte), el Penal de Figueres, la Presó d’Inadaptats de Vic, el Penal de Chinchilla, y la Cárcel Modelo de Valencia. Sumando anteguerra y guerra, se le ha interrumpido la tarea de escribir durante casi cinco años.

(Un comentario pertinente: Bien fuera en 1937, bien en 1938, debido a los forzosos traslados carcelarios de Santa Marina, y a los simultáneos numerosos viajes oficiales de Aub entre Valencia y Barcelona, hubo de darse alguna posibilidad de encuentro, o al menos de participación activa del amigo libre en la protección al amigo cautivo; consta que otros del bando rojo así lo hicieron. Max no.)

Durante el primer semestre de 1936 la existencia de Aub había transcurrido exclusivamente ocupada en la dirección de una compañía teatral universitaria: «El Búho»[4]. Con ella montaba, además de obras clásicas, piezas de Rafael Alberti, por ejemplo, e incluso suyas. Pero, a partir del comienzo de la guerra, las ciudades importantes españolas van a encontrarse en una situación que, a efectos de la actividad escénica de Aub, sobrepasa sus personales aspiraciones. En efecto, los sindicatos UGT y CNT se han incautado de todas las salas de cine y los teatros, convirtiendo al gremio del Espectáculo en un pandemónium.

Aub aprovecha su favorable emplazamiento político para establecer en Madrid, y luego en Valencia, altos contactos gubernamentales. Antes se integra en la Alianza de Escritores Antifascistas; allí se relacionará con la crema de la cultura izquierdista y, sobre todo, conocerá a André Malraux, el francés novelista, arqueólogo, piloto aviador..., con el que ha de llegar a colaboraciones intelectuales de las que todavía ni sospecha. Por otra parte, bien informado del desarrollo real de la contienda, en el mismo mes de noviembre de 1936 consigue ser nombrado Agregado Cultural en la Embajada de España en París, adonde se traslada de inmediato. Aunque acomoda allí a su mujer e hijas, no descuida realizar numerosos viajes a su zona española, en general por actividades teatrales animadas de divulgación política (el Teatro se ha transformado en eficaz arma de combate). Durante junio y julio de 1937 interviene en el montaje propagandístico -cuando el «Guernica», recuérdese- del Pabellón de la República Española en la Exposition Internationale de París. En 1938, coincidiendo con Malraux en Barcelona, consideran el proyecto de realizar una película, Sierra de Teruel, basada en la reciente novela del francés, L’espoir, tarea esa que le ocupa hasta el mismo momento de su exilio, primero a Francia y al final, definitivamente, a Méjico donde se domiciliará en 1942, y -se dice- llegaría a solicitar la nacionalidad mejicana.

Volvamos de nuevo a Barcelona, y a Luys. Cabe empezar por la manifestación de un hecho, nunca antes divulgado, que singulariza la fraterna relación que hubo entre Jurado Morales y Santa Marina; y demuestra que el peso de la amistad puede ser mayor que el de la militancia política. ¿Cómo conseguía convivir el joseantoniano Luys con Pepe Jurado, el azañista? Porque ambos eran republicanos, y también antimarxistas declarados. Dos días antes del Alzamiento en Barcelona había entregado el cántabro a su amigo una caja que -esto sólo lo sabía Luys- contenía las fichas de los afiliados catalanes a Falange: -No la abras, y guárdamela hasta que te la pida. A primeros de abril de 1939, en cuanto regresa Santa Marina a la Ciudad Condal, busca a Jurado en su casa y no lo encuentra (ha sido detenido por los nacionales y está encarcelado). Pero en el armario, donde quedó casi tres años antes, se halla la caja -sin abrir- que la familia devuelve a Luys. Casi es innecesario decir que las furibundas gestiones inmediatas de Santa Marina (al igual que después salvaron de la condena a muerte a Josep Janés o a Agustí Esclasáns, y favorecerían -por ejemplo- a Joan Llarch o a Josep García Pardo), devolvieron inmediatamente la libertad a José Jurado  Morales, el que sería mejor compañero de Luys hasta el final de sus días.

En el mismo año 1939 de su regreso al desvalijado piso de Barcelona, publica Luys dos obras: Primavera en Chinchilla, versos garrapateados en aquel Penal; y una segunda edición de Cisneros. Y en 1940 otras dos: el estimabilísimo Retablo de Reina Isabel; y Halladas, «...restos del maretón rojo que tragó todos mis libros en cierne». Hasta 1943, con imperiosas necesidades económicas (se ha casado, ocupa un definitivo hogar frente al puerto), traduce obras francesas e inglesas, no todas de calidad, e incluso escribe infumables textos de encargo. Luego, entre 1943 y 1944, redactará uno de sus libros más admirables: Italia mi ventura (las guerras del Gran Capitán). A esas datas queríamos llegar, porque entonces, en 1943, edita Max Aub en Méjico el ya mencionado Campo cerrado[5].

Gran parte de tal obra se ocupa de diversas exposiciones personales, y de circunstancias referidas a la Barcelona prebélica. No es necesario transcribirlas todas, pero alguna genérica sí, como muestra. Vamos a ello. «...Salomar decidió que Barcelona no podía vivir sin revista, y la fundó. Juntóse con vates aquejados de mal de imprenta, dependientes de comercio en celo de lectura, vagos profesores de literatura, catalanes con reconcomios de ser nombrados en las tertulias de Madrid: nadie que le llegase al calcañar. Con sus escasos dineros -malvivía de traducciones- y su tenacidad, la revista pasó adelante y tuvo su tertulia.»

«Luis Salomar se mantenía de leche, fruta viva, almendras y alguna ensalada que partía con su tortuga, del mismo modo que la leche era a medias con su gato... Zahería a sus compañeros aficionados a alcoholes extranjeros, tratándoles de bembones, maricas y franchutes; íbase a dormir el último, a su palomar,...» Respecto a los contertulios, esta es la descripción general: «...Tres o cuatro señoritos de lo más o menos precipuo, algún señor-listo, los más: perdigones en busca de jarana; un fullero, algún raterillo que se tuvo escondido de polizontes durante ocho días pasándolo de casa en casa de los tertuliantes; algún catalán en mal de castellano, que no solía echar raíces...; todos quitamotas del Jefe, zangolotinos que venían a hacer la zalá al futuro triunviro; dos empleados de Hacienda, un periodista, un editor, y sobre todo hijos, muchos hijos: hijos de banqueros, de  fabricantes de medias,... de marqueses llegados a más: dos médicos, un agente de seguros; pasaron por allí dos estudiantes. Los únicos obreros, y era mucho decir, porque hacía ya meses que no trabajaban, los Fernández...»

Luego y antes, enhebrando diálogos, aparecen descripciones particularizadas; y el lector que se mete en el embrollo puede, a veces, descifrar quién es este o aquel que interviene. En definitiva, la consideración de la parcial autenticidad de los hechos, que hace al mismo Aub víctima de sus más que cáusticas descripciones, lenifica los sarcasmos e ironías hacia los que creían ser amigos suyos, y permite perdonarle. En fin, el libro Campo cerrado reúne a mucha gente. De entre los que nos interesan los hay de tres clases: 1. Los casi con seguridad imaginarios y con denominación igualmente imaginaria, aunque ciertos datos permitan dudar, respecto a alguno, de si simboliza o no a alguien conocido; 2. Los ciertos que figuran con sus nombres verdaderos, por ejemplo, Lluis Companys Jover o Juan García Oliver; 3. Los ciertos que aparecen con nombres o apellidos cambiados.

En tal tercer grupo cabe distinguir varios total o relativamente identificados; son los siguientes: «Jaime Fernández» disfraza poco a Fortunato Fernández Pérez, aunque el autor equivoque algo la fecha de su muerte. «Luis Salomar» es, con seguridad (hasta Aub lo aclaró), Luys Santa Marina. «Prudencio Bertomeu» podría representar, con grandes dudas, a Juan Bruguera Teixidó. «Federico Morales» encubre, sin error alguno, a José Jurado Morales. «Jorge de Bosch» pretende disimular a Xavier Salas i Bosch. El «profesor, tío de Bosch» podría ser un Salas i Milans. El «profesor catalán» parece Guillermo Díaz-Plaja. Para el «Don Carlos», influidos en parte por lo de barbilampiño, se nos ocurren dos tertulianos, muchachos cuando los conoció Max Aub: Félix Ros ¿Martínez? o Martín de Riquer i Morera. «Eugenio Sánchez» desfigura poco a Eugenio Montes Domínguez.  Bajo la expresión «un periodista», y luego «un estudiante», es muy de suponer que aliente el joven Juan Ramón Masoliver Martínez. Por supuesto, se advierte la existencia de sujetos reflejos del propio autor, y que están en el conjunto para dar viveza a las discusiones en grupo: una tertulia es muy distinta a un diálogo.

Falta en la nómina, con nombre cierto o falso, una persona con la que hay constancia de que Max Aub tuvo que intimar no poco entre 1929 y 1935. Es el arquitecto barcelonés Calzada Echeverría, coautor con Luys del extraordinario libro Estampas de Zurbarán. Nada dice de él, tal vez por conocer que Calzada murió asesinado el 4 de abril de 1938 en Garraf, como pobre venganza roja por la pérdida de Lérida ese día.

Se aprecia, al paso, cómo una parte considerable de la obra de Max Aub pertenece al género híbrido de la novela histórica o la historia novelada; mas con la particularidad añadida de que el personaje Aub, con o sin disfraz, esté actuando en el texto. Ello convierte en imposible la ya difícil objetividad de cualquier escritor incluso cuando intente narrar, por ejemplo, las guerras púnicas. Campo cerrado, lo mismo que los otros Campos de El laberinto mágico, regalan a los lectores un plus de incredulidad al habitual en las novelas históricas.

Desarróllese ahora la última relación que Luys y Max tuvieron. Hablemos de la visita del exiliado a Barcelona en 1969, cuando Santa Marina va a cumplir setenta y dos años y está menos ocupado en literaturas que en los diagnósticos de su médico (por cierto, el doctor José Jurado Grau, hijo del entrañable amigo Pepe Jurado). Así que, cuando Aub llega a visitarlo, no vive el cántabro los mejores momentos. Un decenio ha pasado sin escribir libro alguno; hace más de medio que le apartaron de su juguete, el periódico la Soli, donde insertaba escritos, casi siempre con aquellas viñetas suyas tan seleccionadas. Todavía no se manifestó el mal, mas una decadencia es apreciable hasta en los pocos artículos que todavía publica.

Y Aub viene hostil, con lo que le enfada todavía más que en España exista una animada vida cultural, que en Barcelona continúe habiendo múltiples tertulias, continuación de aquellas de las Ramblas que él gozó, aunque sin las pugnas ideológicas que añora. Seguro que le hablaron de El Trascacho, veinticinco años en la cripta de una casa noble de la calle Montcada, regalando divertidos encuentros intelectuales. A Max le hubiera complacido más que le contasen la existencia de cenáculos clandestinos ocupados en pugnas políticas. No obstante, el físicamente decaído Luys le recibe con los brazos abiertos. Entre los eficaces valedores del otro bando, que en 1936 y 1937 le salvaron la vida, había faltado Max Aub (y no precisamente por hallarse combatiendo en un frente que nunca visitó, sino haciendo teatro y peliculeando), pero a un viejo amigo se le disculpa todo.

Por otra parte, Aub torna a España convencido de que el ser un exiliado le otorga una evidentísima superioridad moral. Tal vez detrás de esa convicción no existe sólo una postura política, sino defensivas fijaciones heredadas: las propias de la condición errante de su raza y su familia. Si no ponemos en duda las buenas intenciones de Max, hay que creer que la añoranza -unida a la tozudez- le impedía entender que la España de Franco, incluso con las carencias ciertas que su forzada perspectiva hipertrofia, era infinitamente mejor que la imaginable España sovietizada que habría salido de la guerra en el caso de triunfar sus correligionarios. Comentando la visita de Aub (setenta y tantos días, a contar desde el 23 de agosto de 1969), e interpretando bien cuanto el exiliado decía estar echando en falta aquí, parece que fue Carlos Robles Piquer quien lo explicó más certeramente que nadie: «Es un turista al revés, que viene a ver lo que no existe...» Lo cierto es que Max regresó a Méjico cargado de enojos ante lo presenciado en su recorrido por Madrid, Barcelona y Valencia. Y de ese enfado surgió un libro que publicaría al tornar, el que se ha considerado texto póstumo más importante suyo: La gallina ciega (1971)[6]

En Barcelona los encuentros con Luys fueron al menos dos. El primero acudiendo Aub al habitual lugar de reunión de tertulianos; el otro, durante una cena. Reproduzcamos parte del texto de Max: «Café moderno. Al fondo, a la izquierda, un sofá, como para un cuadro de Solana [alusión a la «Tertulia del Pombo»], la tertulia de Luys Santamarina [sic], José Jurado Morales, unos viejos (¿quiénes?, ¿cuántos años tienen? Ahí, colocados, como para un pim-pam-pum de feria de pueblo, esperando que entre alguien y los tumbe a pelotazos: –¡A tanto la docena! Más que viejos, tallados ya en sombra entre el aluminio de los tubos y la luz de gas neón; vino no: infusión) [Adviértase la desidia de la parrafada]. Un magistrado de la Suprema Corte [sic] -allí por poeta-, un fundador de Solidaridad Obrera, anarquista roto, de 80 años -dice- [¿Alude a Joan Llarch?], y otros cinco o seis, ya sin nombre; cuatro poetas jovenzuelos llegan de dos en dos y se van enseguida juntos. Tienen interés en publicar en la revista tesonera de Jurado [Azor, aún, 3ª época], el único todavía vivo -y no del todo- del retablo. ¿Soy de ellos? Me presentan a los jóvenes. Ninguna reacción, jamás oyeron el santo de mi apellido. El propio Luys no ha tenido interés en leer lo mío publicado aquí [en Méjico], ni Jurado. Curiosa conversación: no discuten de la guerra civil ni de la europea, ni hablan de política (–Cualquier política me es extraña) [?], sino de las guerras carlistas, de Weyler, de Polavieja... Hacen buenos a los republicanos históricos de las tertulias de México; de las tertulias que ya no existen. Han resistido más: hicieron régimen. Ya nadie sabe quienes son, quienes somos. Nos invitan -Jurado y Luys- a cenar, el viernes...» [Por descontado que estarían todos viejos; e incluso conscientes de su caducidad. Luys, nacido un lustro antes que Max resistió a la muerte hasta 1980; mas el mejicano de adopción dejaría este mundo en 1972, es decir, apenas un año luego de que se publique La gallina ciega. Y lo que más visible aparece ahora en ese compartido decaer, es la mengua de la calidad literaria de Aub, declinación comprobable en el transcrito texto anterior y en el que vendrá a continuación.] La anunciada cita para cenar juntos quedó así descrita:

«...Luys sigue tan o más agresivo para esconder su ternura.

–¡Buen besugo estás hecho!

–Cara de tonto ha de tener [?].

Seco. De palo. Cuando se enfada, su cara enjuta, de ojillos agudos y secos [una iteración adjetiva inconcebible], le da expresión de busto romano.

Nos sirven en la parte alta del café [sic] donde suelen reunirse, en lo que fue y continua siendo todavía, Cortes, a cien metros del Oro del Rhin, café [sic] que mañana cierran «para reformas» y que hasta hoy está todavía igual que en Campo cerrado. El mismo Oro del Rhin donde nos reuníamos hasta hace treinta y seis años [Exagera en 3 ó 4],... la mayoría ha muerto. Viene la conversación, normalmente hacia aquellos y lo sucedido después. Hablamos un poco aparte Pepe Jurado y yo de los muertos [iteración] de nuestro lado...». Bien o mal oída por Luys la mención de un fusilado en aquel diálogo de los otros dos, se cruzan unas frases inconvenientes; y Aub, quizá sin ruindad, alude a una de las más dolorosas aflicciones del falangista, el incumplimiento -tras ganar la guerra- del ideario de José Antonio; y esto manifiesta que le dijo:

»–Y tú ya no eres nada ni eres nadie y has escrito unos versos que he reproducido en una historia de la poesía española contemporánea, de los que tal vez te acuerdes[7]

–Sí. ¿Y qué?

–Que habéis hecho de España un conglomerado de seres que no saben para qué viven ni lo que quieren, como no sea vivir bien. Franco ha hecho el milagro de convertir a España en una república suramericana...

Le brillan los ojos:

–¿Es que crees que sí...?

Subido en su furia [sic]. Nos miramos. Callamos. Sonreímos. Nos echamos a reír. [El meticuloso Max de veinte años antes hubiera redactado esto de forma menos tosca. ¡Qué contraste con el bello estilo -hijo del de Santa Marina- en No son cuentos (1944)!]

–Maxito, Maxito... Y yo: – Luys...

Nos damos cuenta de lo absurdo de la situación y de que no tiene remedio. Nos apretamos los antebrazos. Cambiamos el rumbo...» [Todavía se produjo otra discusión casi a los postres. Pretendía ser literaria mas también devino política. Ya no se soportaban].

* * *
 

Durante los cincuenta años centrales del siglo XX, a Luys Santa Marina lo conocía en España todo el mundillo cultural, sin excepción; y en Cataluña hasta los analfabetos. Mas nadie sabía de Max Aub; lo que quedó demostrado cuando vino en 1969. Los libros del exiliado se habían publicado generalmente a su costa, y era muy escasa la difusión comercial (en España nula, claro; pero tampoco abundaba ni en Méjico, ni el resto de la América hispana). Llegó a decirlo él mismo, en un alarde de sinceridad: «La verdad, no se venden». Pero a partir de 1975 un libro de Max Aub es rentable para cualquier editorial española.

En cuanto a Luys, desde 1980, a excepción de un texto que tengo por quizá pirata, no se ha reeditado ningún libro suyo. Consideremos que Santa Marina fue un falangista berroqueño, de inalterable ideario joseantoniano, y hoy, con el actual «sistema de libertades» vigente en España, no se le puede considerar sino un proscrito. Por el contrario, la difusión de la obra literaria de Aub ha crecido de forma exponencial porque unos publicitarios golpes de viento, oficialmente tutelados, empoparon su nave; y ahí anda, nutriendo a los editores.

Ese es el panorama.
 


[1] José Luis Gordillo Courcières es Doctor en Ciencias Políticas y Psicología. Tiene publicados dieciséis libros sobre temática varia (Historia, Psicología, Ensayo, Castellogía y Narración), así como numerosos artículos.

[2] Transcribo: «...Santa Marina, escritor montañés, gran amigo mío (es el Salomar de Campo cerrado) en aquellos años anteriores y que tuvo influencia -no por sus obras, sí por su gusto- en el evidente rebuscamiento de mi vocabulario, de 1935 a 1942..». Aub, Max: Cuerpos presentes. Edición, introducción y notas de José-Carlos Mainer. Fundación Max Aub. Segorbe, 2001.

[3] Gordillo Courcières, José Luis: Luys Santa Marina (Notas de vida y obra). 136 págs. Actualidad Militar, S.L. Madrid, 2002.

[4] «El Búho» dependía de la Federación Universitaria Escolar (FUE), que es tanto como afirmar que estaba integrada preferentemente por socialistas y comunistas, aunque no siempre todos universitarios.

[5] La primera edición es de 1943. Aquí se ha trabajado con la más completa de anexos, inclusa en el siguiente volumen: Aub, Max. Obras completas, Vol. I. El Laberinto Mágico I. Contiene Campo cerrado. Campo abierto. Edición crítica, estudio introductorio y notas de Ignacio Soldevila Durante y de José Antonio Pérez Bowie. Instituciò Alfons el Magnànim. Valencia, 2001.

[6] La primera edición es, en efecto, de 1971. Aquí se ha trabajado con la más completa de anexos: Aub, Max: La gallina ciega. Diario español. Edición, estudio, introducción y notas de Manuel Aznar Soler. Alba Editorial. Barcelona, 1995.

[7] Se refiere a unos alejandrinos muy sentidos, publicados por Santa Marina en 1955, pero escritos bastante antes, que aluden al incompleto fruto de la victoria de 1939 y al decaer de anteriores impetuosidades. (Los versos pueden leerse, por ejemplo, en Azor nº 4 -«tercer vuelo»- de noviembre, diciembre de 1961).









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